Queridos lectores, paz y bien.
El pasado sábado 17 de mayo, vivíamos en la ciudad uno de los episodios más notables y hermosos dentro del Jubileo de la Esperanza. Bajo el lema “Esperanza sin Barreras”, un millar de mujeres y hombres caminábamos o nos desplazábamos por la ciudad, camino de la Catedral, para celebrar allá los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía, para luego compartir un ágape en el claustro, y un concierto musical del cantautor Migueli en la plaza de la Inmaculada.
Mi amigo Aitor había sido el iniciador de todo, cuando en una visita que hice a su centro hace meses, me pidió que quería ir a Roma para celebrar el jubileo como persona con discapacidad. Y ante la dificultad de ir a la ciudad santa, le prometí que haríamos una jornada jubilar en Palencia. El martes me remitió unas garrapiñadas y una notita en la que me manifestaba: “Gracias por el sábado. NO LO OLVIDAREMOS NUNCA. Sin fronteras. Estoy orgulloso de que sea nuestro obispo. Un saludo. Aitor G G”.
Hoy quiero dedicar mi artículo a reflexionar acerca de lo que vivimos ese soleado y bendito día. Algunas de las barreras que sutilmente trazamos con las personas que viven o sufren tantos tipos de discapacidad se tambalearon o desaparecieron por unas horas. Y deseo que esa Esperanza sin Barreras se convierta para los palentinos en una marca de identidad, y que entre todos trabajemos por avanzar hacia una comunidad, hacia una “Palencia, ciudad de los cuidados”.
Aitor dice que “no lo olvidaremos nunca”. Y yo quiero remarcar que nuestros tres enemigos del alma son (en versión actualizada): la ignorancia, el olvido y el descuido. Ignoramos y olvidamos que todos los seres humanos somos carenciales, vulnerables, que yo mismo sufro y provoco heridas que incapacitan y merman mi humanidad. Unos tenemos más posibilidades de ocultar nuestra fragilidad y límites que otros. Y algunos (que nos autocalificamos a menudo como “normales”) somos más hábiles en diseñar un personaje más “perfecto” que esa personita que Dios ha creado y que soy yo mismo.
El tercer enemigo es el descuido. Nuestra vocación como seres humanos es la de cuidar del hermano. Resuena dura la excusa de Caín ante Dios, cuando le pregunta por su hermano: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?». Efectivamente, nuestra tarea en la vida es cuidar, atender, hospedar, servir a mi próximo, tal y como señala el Evangelio una y otra vez. Cuidado en latín es cura, y empezando por los curas, todos los cristianos estamos llamados a curar, a cuidar, y a dejarnos cuidar y curar. Somos seres carenciales, (en latín adolescentes).
A Dios no le gusta la perfección en el sentido etimológico, como algo acabado, al que nada le falta. El Dios de la Vida, tal y como Jesús su Hijo nos ha mostrado con sus actos y dibujado en las parábolas, ama nuestra “imperfección”, y precisa de nuestra discapacidad para tejer una relación real, hecha de necesidad y de deseo. En la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, se refleja el horror de una sociedad, que, con eugenesia implacable, no sólo ha eliminado a los síndromes de Down y otros, sino incluso a librepensadores, artistas, creyentes, disidentes...
Las personas con capacidades diferentes nos redimen de nuestra torre de marfil y de nuestro narcisismo. Nos ayudan a arrancar nuestra máscara a la que tanto esfuerzo y empeño dedicamos, en un inacabable maquillaje existencial, y nos ayudan a sacar nuestro rostro de hijas y de hijos, de hermanas y hermanos.
Una de las mayores carencias que podemos sufrir las personas “normales”, con presuntas capacidades completas, es no tener entre nuestros íntimos y allegados a nadie con esas “capacidades diferentes”. La lectura que se proclamó en las confesiones fue la del profeta Ezequiel: «arrancaré tu corazón de piedra y te daré un corazón de carne». Y el evangelio de la eucaristía fue el del paralítico curado por Jesús en la piscina de Betesda. Jesús le pregunta: «¿quieres quedar sano?».
Las personas con capacidades diferentes gritaban: “sí, quiero”. Los presuntos dotados de capacidades completas, callábamos y sonreíamos enternecidos o incómodos. Porque la personita que somos gritaba dentro: “quiero ser sanado Señor, pero nadie me lleva hasta la piscina”.
Querido Aitor, querida Carmen, querida Olga...: soy yo el que os digo: “gracias por el sábado. Quiero no olvidarlo nunca. Sin fronteras. Estoy orgulloso de que seáis mis hermanas, mis amigos. Todos tenemos capacidades diferentes. Nadie es tan pobre que no pueda aportar algo a los demás, ni nadie es tan rico que no precise el cuidado de los demás. Ayudadme a entrar en la piscina. Un beso”.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi.
Obispo de Palencia