Queridos lectores, paz y bien.
Hoy celebramos en nuestra Iglesia de Palencia el Día de la Iglesia Diocesana, con el lema Tú también puedes ser santo. Y me gustaría romper una lanza en favor de la santidad, para sacar esa idea del museo, o de la tienda de antigüedades en las que encerramos muchas nobles palabras y nombres de nuestra tradición cristiana. Cuando Chesterton comenta en su biografía sobre Santo Tomás de Aquino la íntima relación que se establece entre el contexto en el que nacen los santos y su santidad y misión, utiliza un ejemplo que nos debiera dar que pensar. «El santo es una medicina, porque es un antídoto. Esa es la razón por la que el santo es de ordinario mártir; se le toma por veneno porque es un antídoto. Sucede de ordinario que él vuelve el mundo a sus cabales exagerando lo que el mundo olvida, que no es siempre el mismo elemento en todas las edades. Sin embargo, cada generación busca a su santo por instinto, y él no es lo que la gente quiere, sino lo que necesita [...] De ahí la paradoja de la historia, que cada generación es convertida por el santo que más la contradice».
Los santos no son una hermosa herencia del pasado, sino que su impacto es actual: Cuando se viven las circunstancias cotidianas a la luz del Evangelio, tratando de responder a la llamada a la santidad, se genera un impacto directo a nuestro alrededor. Quiero hoy poner un ejemplo concreto, el de una laica dominica que vivió en el siglo XIV en la Italia convulsa del choque entre Papado e Imperio: Catalina de Siena. Los santos nos resultan amables seis siglos después, pero nos suelen resultar insoportables cuando los tenemos cerca.
Catalina no sigue el juego de los poderosos, ni mucho menos se posiciona por ningún partido. La joven de Siena apenas sabe nada de diplomacia y su carácter franco no encaja en un mundo marcado por la doblez y los intereses. Su transparencia es un escándalo con quienes contemporizan con las verdades a medias. En ese ambiente, se considera una amenaza a aquella alma libre, sin nada que perder y una pasión por la que luchar. Y Catalina, que permanece con la conciencia de su identidad, (“eres la que no es”, le dice Jesús) está libre de intereses y alimenta una pasión: ¡Paz!
No tiene las habilidades de los profesionales, pero tampoco persigue el mismo fin. Los primeros viven para conservar su puesto y ella no se olvida que es solo un instrumento. Es lo mismo que recuerda a los poderosos: «aunque tengamos poderío en este mundo no podemos considerarnos señores. Creo que no se debe llamar ni tener por señor sino más bien por administrador, y eso temporalmente, no para siempre, hasta que plazca a nuestro dulce Señor».
No utiliza las armas de la mentira porque tampoco tiene necesidad de cubrirse con las máscaras de las apariencias. No tiene un papel que representar ni un programa que defender. Su radicalidad indigna a los prudentes, su libertad frustra el chantaje de los poderosos. Estas palabras las tomo del maravilloso libro de la joven dominica Teresa Cadarso, acerca de Santa Catalina de Siena, titulado “¡Yo quiero!”. Lo contrario de la santidad es, por tanto, la mediocridad, y lamentablemente uno de los rasgos de nuestra sociedad es justamente ese, conformarnos con las verdades a medias, ser católicos pero no practicantes, no sea que nos tachen de fanáticos, defender la vida, pero eligiendo sólo la moral sexual o la social, para ofrecer un perfil más progre o más conservador y así refugiarnos en una de las dos cómodas trincheras de la polarización.
Ser santos es abandonar esas trincheras y ponernos de pie en la tierra de nadie. Crear puentes y cruzarlos hacia la orilla del otro, no quedarnos en el placer espiritual sino desde él buscar los rostros concretos de los pobres, activar la cabeza, pero también el corazón, las manos y los pies, como hace María cuando sabe del embarazo de Isabel. Ser santos es recrear la comunidad cristiana en claves de servicio y eso sólo es posible cuando ponemos a Cristo en el centro. Lo decía muy bien el Papa Francisco en el número 24 de la Evangelii Gaudium: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan». Ser santos es primerear, es no esperar a que sean los demás los que den el primer paso. Lo ha dado Jesús, constituyéndose Pontífice. Santa Catalina, San Juan de Ortega, Santo Domingo de la Calzada y San Telmo construyeron infinidad de puentes para peregrinos y viajeros. Honremos su memoria y seamos santos.
+ Mons. Mikel Garciandía. Obispo de Palencia