Peregrinos de lo eterno

Peregrinos de lo eterno

Queridos lectores, paz y bien.

Muchos son los peregrinos que atraviesan nuestra provincia caminando de este a oeste, camino de Santiago y bastantes menos de sur a norte, camino de Santo Toribio de Liébana. Y los actuales, como los antiguos y medievales, tienen en común una misma sed y un mismo anhelo. Cuando se les pregunta por su motivación para salir a peregrinar, es mayoritaria la respuesta de motivos religiosos o espirituales. Es curioso que en una época donde el fenómeno religioso ha ido bajando en los números sociológicos, no cese de crecer la atracción de la espiritualidad.

En el arte cristiano a lo largo del tiempo, se ha tratado de ilustrar y figurar lo que la Sagrada Escritura narra acerca de la historia de la salvación. La Palabra de Dios tiene cuatro sentidos: el literal, que cuenta los hechos, el alegórico, que cuenta el sentido profundo, la verdad de fe y el sentido moral, que indica qué es lo que hay que hacer y qué evitar. El cuarto sentido, que lleva el curioso nombre de anagógico (o escatológico), indica el hacia dónde de nuestra vida. Porque lo que da el sentido al camino es su meta, y esta meta no es principalmente la tumba de un apóstol, o una importante reliquia de la memoria cristiana.

El Papa León, en su catequesis del pasado 6 de mayo, se centró en la Iglesia, peregrina en la historia hacia la patria celestial: «Hoy nos detenemos en una parte del cap. VII de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, y meditamos sobre una de sus características distintivas: la dimensión escatológica. Efectivamente, en esta historia terrena, la Iglesia camina siempre orientada hacia la meta final, que es la patria celeste. Se trata de una dimensión esencial que, sin embargo, a menudo descuidamos o minimizamos, porque estamos demasiado concentrados en lo inmediatamente visible y en las dinámicas más concretas de la vida de la comunidad cristiana».

Justamente por eso, el turista, el vagabundo, el nómada se hace por un momento peregrino y permite que se desanuden sus anhelos y que deje fluir esa experiencia primigenia del ser humano que viaja en el espacio, y desde ahí, se hace consciente de su viaje por el tiempo. Como los hobbits y los elfos de la novela “El Señor de los Anillos”, todos esperamos el retorno del rey. Los cristianos, se supone que esperamos y preparamos esa vuelta, tan urgente y vital para todos los pobres del mundo, para todos los desposeídos de la historia. Siguiendo la catequesis romana, la Iglesia vive en la historia al servicio de la llegada del Reino de Dios al mundo. Ella anuncia a todos y siempre las palabras de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, pone en práctica y experimenta su lógica en las relaciones de amor y de servicio. Asimismo, sabe que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (LG, 48), y, al mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en el Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles.

Dicho de otro modo, ser cristiano es caminar tras las huellas de Jesús. La Iglesia es una comunidad itinerante, y nuestras imponentes iglesias, son naves varadas en medio de los campos, siempre a punto de zarpara hacia la eternidad. «Signo y sacramento del Reino, la Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la tierra que, a partir de la promesa final, lee e interpreta según el Evangelio los dinamismos de la historia, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando, con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la humanidad y su Reino de justicia, de amor y de paz. La Iglesia, por tanto, no se anuncia a sí misma; al contrario, en ella todo debe remitir a la salvación en Cristo».

Desde esta perspectiva, la Iglesia está llamada a reconocer humildemente la fragilidad humana y la caducidad de sus propias instituciones, que, aun estando al servicio del Reino de Dios, llevan la imagen de este siglo que pasa (cfr. LG, 48). Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada; es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que puedan responder verdaderamente a su misión.

A ello nos queremos dedicar los cristianos palentinos con nuestro nuevo plan pastoral. Caminamos juntos, y queremos hacerlo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que no se resignan a que el mal campe por el mundo. ¡Buen camino!

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia