Comunión humana

Comunión humana

Queridos lectores, paz y bien.

La semana pasada me centré en el cisma de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, incidiendo en que la unidad de los creyentes es un don precioso que se rompe cuando un grupo se considera por encima del resto, y por ello, con derecho a decidir que son todos los demás quienes se han equivocado, incluida la autoridad apostólica de todos los pastores. De una manera sutil, se termina rebajando la fe a un sistema ideológico, al negar el origen divino de su credo. Tanto el tradicionalismo como el progresismo comprometen seriamente el hecho de que es el Espíritu Santo el que inspira y acompaña a la comunidad creyente en su peregrinación por la historia.

El Concilio Vaticano II era la piedra de toque para los lefebvrianos, ya que esa asamblea habría abierto la puerta de la caja de pandora de la modernidad. Pues bien, nuestro Papa León XIV está realizando en sus audiencias, un precioso repaso a sus principales documentos. «La Iglesia se preocupó de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término misterio. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada.

Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos».

En estas semanas, nuestra diócesis de Palencia está confeccionando su plan de pastoral para los próximos cuatro años. A los miembros de la Iglesia católica nos es necesario recuperar esta verdad central. Y es que la Iglesia no existe para ella misma, sino para todos, y sólo tiene sentido su presencia en el mundo si anuncia la Buena Noticia que lo transforma todo y a todos.

Continúa diciendo el Papa: «La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible».

Por ello los católicos hemos de vigilar honestamente si nuestras actitudes, nuestras presencias obedecen a ese deseo de Dios de convocar a toda la humanidad. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas. Carece de sentido por tanto, un sentido sectario de pertenencia, y menos desvincular la relación con Dios de la relación con las personas: «Porque Cristo -dice el Concilio- levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».

La Iglesia tiene razón de medio, es servidora, es compañera de camino. Esta, y ninguna otra, es nuestra gloria, y nuestra alegría. Que no lo olvidemos.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia