Homilía de nuestro obispo en la fiesta de San Antolín

La Catedral del Palencia ha acogido esta mañana la Eucaristía solemne en la Fiesta del mártir San Antolín, patrón de la Diócesis y la Ciudad de Palencia. Una celebración que, debido a la crisis del coronavirus, ha sido muy distinta a la que estamos habituados, con un aforo muy limitado en la seo palentina, y en la que no se ha podido realizar la tradición secular de bajar a la Cripta tras la Eucaristía.

 

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN ANTOLÍN - 2020

 

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

1.- Saludos. Fieles todos. A D. Javier, a Vicarios, Presidente del cabildo, sacerdotes, Lectores, Coro, organista, asistentes al altar, Hnas. Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote, y Personas que cuidan de la Catedral, miembros de vida consagrada, Autoridades, Medios de Comunicación social y Peñas. Asimismo, un saludo para todas aquellas personas que estén siguiendo esta celebración desde sus casas a través de La 8 Palencia.

2.- Toda fiesta, y esta no puede ser menos, es una bocanada de esperanza para todos. Es verdad que este año las fiestas no lucen como otros años, pero quizás nos ayuden a centrarnos en el origen y la raíz de la fiesta, que es la persona y el ejemplo de San Antolín. De esta fuente debe salir lo demás: la vida de las peñas, el vino con los amigos y familiares, los toros, el baile y la música, todo. También ahora, cuando estamos todavía bajo la pandemia, o sus secuelas y rebrotes que nos hacen sentir nuestra vulnerabilidad, nuestra finitud y limitación, aunque sea ante un virus, y que nos ha llenado de incertidumbre por problemas sanitarios, políticos, educativos, económicos y laborales, particularmente a los más pobres y a los mayores y de recelo social a unos y otros para no contagiarnos ni contagiar. Este virus ha hecho tambalearse a la humanidad y nos ha abocado a una crisis inimaginable. Se ha derrumbado un modo de ser y de hacer; ha trastocado nuestros proyectos y tranquilidad. Podemos preguntarnos: ¿Nos ha enseñado algo? ¿Nos ha hecho más sabios, más humanos, menos prepotentes? ¿Hemos aprendido la “auténtica sabiduría, que es humilde, y la auténtica humildad que es sabia” como dice San Agustín? ¿Qué hemos de cambiar, personal y comunitariamente?

La fiesta de hoy y la fe cristiana nos invita a mirar la situación con serenidad, a convertirnos profundamente, con valentía, con creatividad, y, sobre todo, con esperanza, “abriendo horizontes nuevos, en abrir ventanas, abrirse a la trascendencia hacia Dios, hacia los hombres, hacia la naturaleza y redimensionar nuestra casa” (Papa Francisco) para que la fiesta no acabe.

San Antolín nuestro patrono nos señala metas y nos muestra el camino. La meta: Él está en la gloria, compartiendo la vida eterna con el Señor resucitado, el hombre nuevo que hace posible una humanidad nueva, donde la fiesta de la vida se abre a todos, para todos y para siempre. Él fue un auténtico creyente. Se dejó seducir por Jesucristo, conoció a Jesús dentro de la comunidad cristiana y se entregó a Cristo hasta el final por amor. Fue un creyente auténtico, no vergonzante, sino confesante. Dio testimonio valiente de Cristo, no solo en la hora suprema sino a lo largo de su vida, sintiendo como Cristo, identificado con Cristo, con su evangelio, especialmente las bienaventuranzas y su amor. Tuvo dificultades, internas y externas como todos, pero superó las pruebas. No temió los tormentos, las dificultades y sufrimientos, ni el qué dirán, ni las amenazas por parte de emperador Diocleciano y sus esbirros. Como la mujer, la madre de los Macabeos y sus hijos, de la que nos hablaba la primera lectura, que con temple viril y ternura femenina, con entereza y esperando en el Señor, San Antolín confesó su fe en Dios, que es “Creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo; miremos al cielo y a tierra y fijémonos en todo lo que contienen, y tengamos presente que lo creó todo de la nada y el mismo origen tiene el género humano. No temas al verdugo; mantente a la altura de tus hermanos que nos han precedido y acepta la muerte. Él por su misericordia, decía la mujer con temple viril y sensibilidad femenina, os devolverá el aliento y la vida tras la muerte”. San Antolín, siguiendo a su Maestro Jesucristo (Evangelio del día), se hizo como el grano de trigo de nuestros campos se sembró en la tierra, murió, pero ha sido fecundo, ha dado mucho fruto. Prueba de ello es esta Iglesia de Palencia que le tiene por patrono, por defensor, abogado e intercesor, a él está dedicada esta hermosa Catedral y muchos palentinos llevan su nombre.

¿Cómo lo hizo? Lo hizo, como todos los mártires, como lo hizo el Señor Jesús en la cruz, confiando en Dios, “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; tu, el Dios leal, me librará; tu misericordia sea mi gozo y mi alegría” (Salmo responsorial). Hoy san Antolín y los mártires son bienaventurados porque aguantaron la prueba, salieron airosos y han recibido la corona de vida que el Señor ha prometido a los que lo aman” (2ª Lectura). Esto es evangelizar, ser presencia de Cristo en el mundo con nuestra misericordia y compasión. Esta es la tarea que tenemos los cristianos de Palencia y que año tras año se nos señalan con diversas iniciativas en la programación pastoral.

San Antolín también nos señala, no sólo la meta, que es vivir de tal manera que podamos honrados por el Padre y estar con Cristo Resucitado, sino también el camino. Y el camino es seguir a Jesús como siervo, el que vino a este mundo no a ser servido sino a servir y dar la vida en rescate por todos, el que lavó los pies a los discípulos siendo el Maestro y Señor. San Antolín era Diácono, que significa servidor.

Todos, obispo, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y laicas, debemos afrontar y enfocar la vida como un servicio fiel a Dios, como hijos que cumplen su voluntad como hijos libres, no como esclavos, y un servicio a todos los hombres, hijos de Dios y hermanos nuestros; un servicio como actitud operante y permanente; servicio en la familia, sin esperar que los otros nos sirvan como a señores; servicio en el trabajo buscando el bien común, en la sociedad, en la política, en la economía poniendo en el centro a la persona, no el beneficio. Un amor que cuida del hermano, especialmente del anciano, del que se encuentra o se siente sólo, del que ve cómo se queda una familia sin trabajo y sin Ertes, e incluso que no le llega el salario mínimo vital; y no vale mirar para otro lado, hacia la administración del tipo que sea, sino, como buenos samaritanos, cuidar y mimar al herido de la vida con todo lo que somos y tenemos. Está bien que nos lavemos las manos con hidrogel, pero no como Poncio Pilato: todos hemos de asumir nuestra responsabilidad en esta hora y siempre.

Y todo por amor. Sólo el amor hace que sea digno del hombre el servicio. Sólo el amor da sentido a nuestro hacer, solo el amor da la verdadera seguridad, no seguridades efímeras como el bienestar material, el éxito, la fama, o el placer, que pasan, pero el amor no pasa nunca.

Celebrar la Eucaristía es beber en la fuente de una humanidad nueva, un mundo nuevo, en el del compartir el sufrimiento, el dolor, hasta hacerse pan partido y tierno y vino de solidaridad y fiesta. Es participar en el memorial de su amor que da vida, que hace de la existencia una fiesta, que abre a la esperanza de un mundo de hermanos; es abrirnos a Dios Padre, revelado en Jesucristo, que está sufriendo en el que sufre, en el enfermo, en el anciano de la residencia, en el que está sólo en el último pueblo, pero también sigue actuando y salvando por su Santo Espíritu en los médicos y enfermeros, en los religiosos y sacerdotes, en los profesionales, en todas las personas, creyentes o no creyentes, que intentan aliviar el sufrimiento y por eso se dan y se donan generosamente por amor.

Que San Antolín nuestro patrono ruegue por nosotros para que sigamos al Señor, como él, soportando la adversidad y caminando con valentía, alegría y esperanza hacia el Señor.

 

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