Clausura diocesana del Año Jubilar de la Esperanza

Clausura diocesana del Año Jubilar de la Esperanza

Compartimos unas imágenes y la homilía de nuestro obispo D. Mikel en la Clausura del Año Jubilar de la Esperanza y Fiesta de la Sagrada Familia. En la Catedral de Palencia, el 28 de diciembre de 2025.

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Querida comunidad diocesana, reunida aquí en esta catedral de San Antolín, y cuantos nos seguís por las redes sociales, paz y bien. Quiero saludaros y daros especialmente las gracias a cuantos con mucho entusiasmo habéis organizado y participado de tantas maneras en las peregrinaciones e iniciativas jubilares, así como a cuantos lucháis y extendéis la cultura de la vida en la pastoral familiar en nuestras parroquias, movimientos y asociaciones.

 Quiero comenzar esta homilía con las palabras con las que el Papa Francisco convocaba este Año Jubilar de la Esperanza, en la bula que tituló Spes non confundit, La esperanza no defrauda: “Que pueda ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús, «puerta» de salvación (cf. Jn 10,7.9); con Él, a quien la Iglesia tiene la misión de anunciar siempre, en todas partes y a todos como «nuestra esperanza» (1 Tm 1,1).[…] La esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Rm 5,10). Y su vida se manifiesta en nuestra vida de fe, que empieza con el Bautismo; se desarrolla en la docilidad a la gracia de Dios y, por tanto, está animada por la esperanza, que se renueva siempre y se hace inquebrantable por la acción del Espíritu Santo.” (Spes non confundit)

La acción del Espíritu Santo la estamos contemplando en estos días de una manera muy particular, casi dramática en la historia de la Sagrada Familia de Nazaret. Porque la breve narración de la infancia de Jesús nos refiere casi simultáneamente, el nacimiento y el peligro que hubo de afrontar en seguida. En San Lucas, Simeón vio que Jesús iba a ser “signo de contradicción”, y que una espada iba a atravesar el alma de su Madre. Y en el Evangelio de San Mateo que seguimos este año, se deja notar la presencia de San José, que tras acoger al Niño y a su Madre, los protege. Hasta tres veces, el relato evangélico nos cuenta cómo José, tras escuchar al ángel, “se levantó, cogió al niño y a su madre de noche… y se fue a Egipto…, volvió a Israel…, se trasladó a Nazaret.

José no quedó aferrado a las seguridades de Egipto, ni luchó por quedarse en Belén de Judá, su ciudad como heredero del Rey David, sino que aceptó la irrelevancia de volver a Nazaret, en la Galilea de los gentiles, para que madurara el tiempo del Emmanuel. En un mundo de un narcisismo oceánico, la sencillez de corazón de José nos ha de resultar inspiradora. Él hace el bien inmediatamente, sin más. Lo contrario es cuando, sabiendo lo que hay que hacer o decir, no lo hacemos ni decimos: a eso se le llama mediocridad. Su antídoto, el de la santidad, consiste en llevar consigo al niño y a su madre en asociación estrecha, para sí mismo, tomándolos consigo para siempre, que es la palabra que usa el texto evangélico.

Cuánto bien nos hará a la diócesis y a cada comunidad, mirar en este domingo de la Sagrada Familia a San José, y pedir al Espíritu parecernos en todo a él. Me viene al corazón el salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre”. Y la espera de Israel ya se ha consumado con el Nacimiento de Jesús. Ahora, la espera da paso a la esperanza. Y sería lógico que preguntarais: ¿y cómo se vive eso?

El mes pasado, el Papa León XIV, nos regalaba una de sus catequesis jubilares con el título La Pascua da esperanza a la vida cotidiana. Pienso que nos da una clave preciosa que nos puede ayudar a comprender el misterio de la Sagrada Familia, y a sumir y aceptar nuestras propias experiencias familiares y eclesiales.

En esa catequesis, el Santo Padre nos recordaba: “Vivimos cada hora muchas experiencias diversas: dolor, sufrimiento, tristeza, entrelazadas con alegría, estupor, serenidad. Pero, en cada situación, el corazón humano anhela la plenitud, una felicidad profunda. Una gran filósofa del s. XX, Santa Teresa Benedicta de la Cruz -cuyo nombre secular fue Edith Stein-, que tanto profundizó en el misterio de la persona humana, nos recuerda este dinamismo de búsqueda constante de la plenitud. «El ser humano -escribe- anhela siempre volver a recibir el don de la existencia, para poder alcanzar lo que el instante le da y, al mismo tiempo, le quita» (Ser infinito y ser eterno. Intento de un ascenso al sentido del ser). Estamos inmersos en el límite, pero también tendemos a superarlo”.

Esta gran doctora de la Iglesia nos recuerda la dinámica de nuestro deseo. Está dentro del tiempo, y nos proyecta más allá de él. Justamente por eso, necesitamos años especiales que nos ayudan a fijar la mirada en un horizonte mucho mayor, como ha sido este 2025, y necesitamos igualmente tiempos meseta, tiempos en los que poder saborear la presencia de Dios hasta en nuestros actos más insignificantes, porque si ponemos en ellos todo nuestro amor, resultan los más significativos.

Queridos hermanos, discípulos misioneros de Cristo en Palencia. Somos la familia de los hijos de Dios, y como nos exhorta San Pablo: “hermanos, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia… por encima de todo esto el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta”. Que en esta Iglesia que pretende crear puentes, no nos quedemos en palabras, sino que, como José, obedezcamos a la voz de Dios nuestro Padre y dejemos de lado cuanto nos enfrenta y desune, que nunca viene de su Santo Espíritu.

Os hago un llamamiento a vosotros, a los jóvenes y a los niños que hoy nos vais a ayudar a clausurar esta celebración, para que este nuevo tiempo en el que entramos, siga siendo un camino hacia el Gran Jubileo de la Redención 2033, en el que vais a ser los grandes protagonistas. Los adultos os brindamos nuestra experiencia, y vosotros, dadnos vuestra creatividad y vuestro empuje. Que María y José sean nuestra referencia y modelo. El Redentor nos espera a todos en el camino. 

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi, obispo de Palencia