Homilía de nuestro obispo en la Misa Crismal 2026

Compartimos la transcripción de la homilía pronunciada por nuestro obispo D. Mikel en la Misa Crismal. Celebrada en la Catedral de Palencia el 31 de marzo de 2026.

 

 

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, querido pueblo de Dios, laicos, consagrados, querido abad, Javier, paz y bien. “El Espíritu del Señor está sobre mí, Él me ha ungido”. Palabras sobrecogedoras, palabras que las conocemos porque las hemos escuchado tantas veces que nos invitan a mirar al ungido a Jesús, al enviado, a dar esa Buena Noticia a los pobres.

Libertad a los cautivos, a los ciegos la vista, a los oprimidos una vida nueva, anuncio de un año de gracia del Señor y cuánto debemos descansar al escuchar y al acoger la glosa, la homilía perfecta que ha hecho Jesús, porque en él palabra, identidad, acción coinciden. Hoy se acaba de cumplir esto que habéis escuchado y nosotros un año más como diócesis invitados a entrar en ese hoy de Dios, en esa hora de Dios que celebraremos en los próximos días y ahora que se acerca la hora, esta celebración de la misa crismal de los óleos. Una palabra de Jesús que ha de ser para todos descanso, para todos los bautizados y también para todos los que tenemos el ministerio pastoral, que tantas veces lo vemos, yo lo veo tan alejado de todos los dones que me regala el Señor.

Pero la mirada a Jesús no es para caer en el descorazonamiento, sino para redescubrir y recordar una vez más que Él es quien lo hace todo en y por nosotros. Porque como hemos escuchado en el Apocalipsis, Él es el testigo fiel, la fidelidad es suya, el testimonio del amor del Padre es suyo, la primogenitura de una vida nueva también es suya, todo principado también sobre los reyes de la tierra, en una tierra flagelada por la guerra y por la injusticia, es suya.

Por eso os invito, queridos pastores, querido pueblo, a preguntarnos una vez más hasta qué punto esa conciencia gozosa, permanente de nuestra identidad nos hace actuar desde ella. Hoy todos renovaremos la fe, pero de manera especial, cuantos estamos dedicados en cuerpo y alma al ministerio pastoral, tenemos que renovar esas promesas que hicimos el día que fuimos ordenados.

Hoy también, con humildad y con toda confianza, deseo regalaros y entregaros a cuantos estáis aquí la Carta Pastoral que he escrito, “Puentes de Misericordia”, que quiere ser un deseo de complementar todo ese trabajo que estamos haciendo en nuestro Plan Pastoral de querer ser puentes de misericordia, puentes de vida entre nosotros, puentes de vida con el mundo con el que nos ha tocado vivir.

Y en la Carta Pastoral remarco de una manera muy clara lo que vosotros, en el trabajo que hemos hecho para la Asamblea de Castilla, habéis remarcado. Os he escuchado, como decíais, el encuentro personal y comunitario con Jesucristo es punto de arranque de cualquier proceso de renovación.

También habéis dicho que antes de cualquier cambio estructural, todos los grupos reclamabais un cambio de mentalidad en sacerdotes, en laicos, que apueste de verdad por este nuevo estilo, sinodal, misionero. Y es oportuno recordar esto en la Misa Crismal hoy, que queremos que sea una renovación de nuestro ser, presencia de Cristo en medio del mundo, como bautizados, y de ser sacramento de Jesús en medio de la comunidad. Reclamamos un cambio de mentalidad, lo necesitamos.

Frente a la mentalidad mundana que nos acecha y tantas veces se cuela y anida en nosotros, frente a un mero conocimiento que es el del mundo, hoy, en esta celebración y en la Semana Santa, nos damos cuenta de que necesitamos ese conocimiento perfecto, no una mera gnosis, sino lo que Pablo y lo que en el Evangelio y en la Biblia aparece como una epignosis, que sería un conocimiento completo, preciso, profundo, integral, centrado, de lo que Dios nos quiere revelar y que nos da la unción del Espíritu. Un conocimiento profundo que lo da la humildad y que ésta requiere oración y recibir el don del Espíritu. Porque una pastoral de la santidad, de la escucha profunda de la Palabra, es la que nos está poco a poco transformando y transformará nuestras comunidades para que sean cada vez más plenamente misioneras, encarnadas en este mundo, verdadero signo, sacramento del Reino de Dios.

Por eso hoy, una vez más, os pedimos al pueblo de Dios que oréis por nosotros, en este momento en que renovaremos esas promesas que hicimos al Señor. Un conocimiento profundo, una epignosis, de la que el Papa León ha hablado en Mónaco, cuando hablaba de la vida y decía que lo que de verdad da solidez a la vida es el amor, la experiencia fundamental del amor de Dios, ante todo, y luego, por extensión, la experiencia iluminadora, sagrada, del amor mutuo. Y seguía el Papa diciendo, amarse recíprocamente, si por un lado requiere estar abiertos a crecer y, por lo tanto, a cambiar, por otro exige fidelidad, constancia, disposición al sacrificio en la vida cotidiana.

Esto es lo que vamos a celebrar hoy y en los próximos días de la Semana Santa. Seguía alentándonos también el Papa a que despejemos la puerta del corazón de todas las cosas espúreas, que son meramente materiales, pasajeras, las que están vinculadas a nuestra biografía, a lo que nos ha pasado. El Papa nos decía despejar la puerta del corazón de estas cosas para que el aire sano y oxigenante de la gracia pueda volver a refrescar y revitalizar sus habitaciones, para que el fuerte viento del Espíritu Santo pueda volver a henchir las velas de nuestra existencia, impulsándola hacia la verdadera felicidad.

Henchir las velas de la nave de la Iglesia, de nuestro barco que tiene que salir de los puertos cómodos donde a veces estamos para salir a mar abierto, allí donde tantos hermanos y hermanas naufragan. Es por eso por lo que el Papa nos anima, que es necesario un clima propicio para escuchar la voz del Espíritu, lo que ocurre en el propio corazón, convirtiendo esta vida en una ocasión para una serena y profunda revisión de la propia vida pasada y presente. Quiero concluir esta homilía recordando esas preguntas que luego vamos a escuchar, que los sacerdotes, los diáconos tenemos que responder, pero que todo el pueblo también respondéis en cuanto que bautizados, llamados a una configuración con Cristo en medio del mundo.

Queridos hermanos, os voy a preguntar, ¿queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él? Configurar con Cristo la vida, porque de lo contrario desfiguramos a Cristo, y esa es nuestra vocación, irradiar Su hermosura en medio del pueblo santo para que luego todo Él muestre cómo el mundo está llamado a configurarse con el sueño del Padre Dios de su reino. Configuraros con Él renunciando a vosotros mismos, reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia. Hoy el Espíritu nos unge con su alegría para que el sí que vayamos a dar lo demos en Él, desde Él y para los demás en Él.

También os preguntaré, ¿deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios? Somos ministros, administradores, siervos gozosos de llevar la vida de Dios a manos llenas a la comunidad, fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el misterio de la predicación como seguidores de Cristo cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas. Que estas preguntas, que estas respuestas que vamos a dar también irradien en las comunidades en el entero pueblo de Dios, en cada uno de vosotros, también llamados a ser alter Cristus en medio del mundo por vuestro bautismo, ser presencia sacramental y viva para tanta gente que hoy en nuestra Palencia está alejada, se está acercando, está siendo sorprendida por las visitas del Espíritu, está pudiendo sentir curiosidad, incluso interés o hasta deseo de incorporarse a nuestras comunidades. Todo lo que vamos trabajando en la diócesis, todo ese giro catecumenal de iniciación, de primer anuncio, de renovación, brotará de aquí, de lo que celebramos hoy y en el triduo sagrado, pues que pidamos al Espíritu que haga de nosotros un pueblo ungido, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes que actualicemos, que concretemos el hoy se ha cumplido esto que acabáis de escuchar.

A María, la primera discípula, a nuestra Maestra, le pedimos que siempre vaya por delante de nosotros en este camino.