Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas

Llegamos al final del año litúrgico. Al final del recorrido litúrgico, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el fin de la vida, del mundo y especialmente de nuestro propio final mirando a nuestra salvación y alcanzar la Vida Eterna.

 

Tiempos difíciles

En el evangelio, Jesús describe el fin del mundo bajo imágenes de destrucción y con un lenguaje apocalíptico: terremotos, plagas, hambre, guerras… que acabarán con todo lo que admiramos y valoramos. Así comienza el texto del evangelio contemplando y admirando el templo donde no quedará piedra sobre piedra. Se nos narran los últimos acontecimientos con un lenguaje de miedo y temor que nos deja intranquilos. Tiempos difíciles y complicados se nos descubren. Tiempos que no solo sucederán al final, sino que forman parte también de nuestra propia experiencia vital. Pero este paisaje debemos contemplarlo como algo que tiene que suceder antes del fin. Se nos propone con esa descripción de los últimos tiempos que estemos preparados para saber sobrevivir a todo ello.

 

Bien está lo que bien acaba

Una frase popular dice que “bien está lo que bien acaba”. Expresión que explica maravillosamente la actitud del cristiano para entender la palabra de Dios de este domingo. Todo será bueno para los demás y para mí, si acaba bien. Esa debe ser nuestra preocupación, tratar de que todo acabe bien. Todos sabemos que un día el mundo acabará, aunque la mayoría prefiera no pensarlo. Unos, fanáticos se obsesionan con ese final viviendo con temor y temblor. Otros, lunáticos se obcecan permanentemente en ponerle fecha a ese final. A los cristianos no nos debe preocupar ni la fecha final ni el pánico de la cercanía. Hemos de contemplar tanto el fin de los tiempos como nuestro fin desde una nueva perspectiva.

 

Promesa y no castigo

En primer lugar, para el cristiano, el fin no es una maldición sino una promesa. No solo no tememos el fin, sino que esperamos celebrarlo como acontecimiento de salvación. Rezamos cada día en la liturgia y en el Padrenuestro que venga a nosotros tu Reino. Porque este mundo y esta vida imperfecta alcanzará su plenitud en el Reino de los Cielos y para ello debe pasar este mundo. Envueltos en guerras constantes, en enfrentamientos continuos, desastres naturales, muertes, pandemias, persecuciones y continuos enfrentamientos… aspiramos a un mundo mejor. Jesús no nos amenaza, simplemente nos muestra lo que acontecerá y así podamos constatar la realidad con serenidad. Los cristianos descubrimos el fin de todo ello como oportunidad para alcanzar un mundo nuevo y mejor.

 

Estar preparados

En segundo lugar, los cristianos entendemos que el fin no es un asunto de cálculos y predicciones cabalísticas de tiempo. Notemos que el Señor solamente predice lo que sucederá antes del fin añadiendo incluso que el fin no estará cerca, no será inmediato. Nos recomienda no creer ni a los que dicen que duraremos mucho ni a los que dicen que está muy próximo el fin del mundo. Lo que importa es que estemos listos, preparados y dispuestos para ese momento, sea cuando sea, y lo aprovechemos como momento de salvación. De este modo los cristianos no contemplamos con fatalismo el fin del mundo. Muchas veces se nos acusaba de no querer este mundo, negar y renegar de esta vida. Al contrario, porque sabemos que esta vida y este mundo acabará, nos afanamos en cuidarlo y nos preparamos para el próximo y definitivo mundo. No podemos ver el mundo como algo de usar y tirar sino al contrario el medio por el cual aspirar al otro mundo auténtico y verdadero. Y en este cuidado no ponemos los valores en las cosas sino en las personas, que no son temporales sino creadas por Dios para la vida eterna. Los que ahora vivimos aquí en este mundo estamos llamados a vivir un día en el cielo. Esa es nuestra gran diferencia del cuidado del planeta y de nuestro mundo. Cuidamos no cosas sino las personas que lo habitamos llamados a formar parte de la Jerusalén celestial, la Tierra Prometida.

 

Perseverar

Jesús acaba recomendándonos: con vuestra perseverancia salvareis vuestras vidas. Leemos este mandato no con una actitud pasiva e indiferente sino al contrario, sabiendo que el esfuerzo continuo y constante nos mantendrá en la esperanza de alcanzar la vida eterna a pesar de las dificultades que en esta vida encontremos. Nos previene el Señor del cansancio, de no mantenernos fieles en la tarea, de asustarnos y querer abandonar, de dejar que nuestro corazón viva con temor y miedo. Mantenernos firmes en la fe frente a las dificultades que nos rodean es la propuesta del Señor ante las situaciones catastróficas. Incluso más, ser constantes y llenarnos de confianza ante el final de la vida que a tantos les hace temblar.

Lleguemos al convencimiento y hagamos realidad de que lo que es bueno acaba bien. Veamos así el fin de los tiempos, del mundo, de nuestra vida y descubramos que no será un accidente catastrófico, sino salvífico ya que forma parte del plan Salvador de Dios. El fin, por tanto, se convierte en comienzo y en las manos de Dios, que nos ama, nos da vida. Por eso la muerte forma parte de la vida, y el fin se convierte en comienzo, un comienzo feliz y dichoso que no tendrá fin.

 

 

Comentario al Evangelio del 13 de noviembre de 2022, por José María de Valles, delegado diocesano de Liturgia. Emitido en “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Palencia