Hace unos días, trabajando en psicoterapia con un joven, me planteaba la dificultad de vivir una vida al servicio de los demás en coherencia con el Evangelio y, al mismo tiempo, practicar un autocuidado saludable.
Por un lado, vemos en nuestra sociedad una tendencia clara al individualismo. Algunos consejos que encontramos en las redes sociales pueden llevarnos al egocentrismo con frases como: «Aléjate de la gente que te resta». «Todo es posible en la medida que tú creas que es posible». Como si el contexto social, educativo y económico de cada individuo no influyera en el desarrollo de su proyecto vital.
Por otro lado, y de manera contracultural, encontramos en los evangelios una invitación a vivir con radicalidad la entrega por el Reino. Mateo pone en boca de Jesús el siguiente mensaje: «si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».
Aquí surge el dilema: ¿nos pasamos de serviciales o deberíamos ser más generosos con nuestras vidas? La respuesta la podemos hallar en una nueva pregunta: ¿qué nos mueve a entregarnos? Y es que, como señala la periodista Elva Abril en su libro «Das demasiado», en muchas ocasiones, «detrás de una entrega desmedida se esconde una estrategia desesperada por conseguir que el otro nos dé algo a cambio, ya sea aprobación, reconocimiento o valor». Se trata de una estrategia agotadora, ya que, aunque aparentemente somos muy serviciales, ocultamente estamos pidiendo ayuda desde un sentimiento de inferioridad. Como las otras personas no son conscientes de nuestras demandas, no podrán ayudarnos a satisfacer nuestras necesidades y vivimos permanentemente frustrados.
Para la autora, «no se trata de dar más sino de aprender a hacerlo desde otro lugar. Ese en el que ya no buscamos salvarnos sino compartir, no pretendemos que nos completen, sino que nos complementen, no tratamos de llenar un vacío sino disfrutar de ofrecer lo que nosotros mismos sabemos generar».
Esta mirada es compatible con lo que nos dice el evangelio de Lucas: «del que es bueno, como su corazón es rico en bondad, brota el bien». Es decir, si uno abunda en bondad, que es en primer lugar acogida del don de Dios, rebosa esa bondad en su entrega a los demás, pero nunca se quedará vacío.
Miguel Ruiz