Estás aburrido o aburrida, abres Instagram, Facebook o TikTok y comienzas a ver publicaciones en estas redes sociales. Hay mensajes que pasas de largo porque no son de tu interés. De repente, aparece un vídeo de un perrito al que le han incorporado voz humana en una situación divertida, pulsas el botón “Me gusta”, entras en el perfil de ese creador de contenido para ver más publicaciones suyas y comienzas a seguirle.
Entonces, el sistema informático que hay detrás de la red social, con sus normas y reglas, detecta la temática a la que has prestado atención y, a partir de ese momento, te ofrecerá una cadena infinita de vídeos similares. A esto, los profesionales lo llaman el algoritmo.
Sin darte cuenta, encadenarás varias horas consumiendo, de manera poco consciente, divertidas publicaciones sobre perritos que hablan y, además, con el mínimo esfuerzo de ir cambiando de publicación con un ligero movimiento de dedo. Cuantos más vídeos veas del mismo estilo, más se reforzará el algoritmo.
La parte positiva es que la red social personaliza los contenidos que te ofrece en función de tus centros de interés. La parte negativa es que cada vez dedicas más tiempo a esa red social quedando expuesto a los intereses económicos de las empresas que hay detrás.
Algo similar ocurre con nuestra mente divagante. Aproximadamente la mitad de las horas que estamos despiertos permanecemos en una tarea que exige nuestra atención y concentración: estudio, trabajo, planificación, ocio activo... La otra mitad del tiempo nuestra mente vagabundea entre el pasado y el futuro de una manera más pasiva. Unas veces llegan a nuestra mente recuerdos y fantasías agradables; en otras ocasiones, se puede despertar en nosotros una sensación de angustia cuando viene a nuestra memoria una experiencia dolorosa de decepción y fracaso o una preocupación rumiativa sobre el futuro.
De alguna manera, nuestra mente divagante también funciona con un algoritmo. Si nos llega un contenido mental desagradable, en forma de sensación, emoción, anticipación o recuerdo, y le prestamos demasiada atención, nuestra mente nos ofrecerá una cascada de contenidos similares quedando atrapados horas y horas en el malestar. Sin embargo, si reconocemos ese contenido mental y lo dejamos pasar como algo que no es de nuestro interés, contribuiremos a no reforzar ese algoritmo mental, aumentando nuestro bienestar.
Miguel Ruiz