Cuatro días nos separan de celebrar el gran acontecimiento de nuestra fe: el Nacimiento del Hijo de Dios. A las puertas de la Navidad centramos nuestra reflexión en los personajes que la liturgia nos presenta en el evangelio. María, José y el Niño.
María: la Virgen Madre
El relato evangélico que hoy proclamamos comienza diciendo que María estaba esperando un hijo. El texto original dice que era una doncella, aunque en la traducción de los LXX la palabra se sustituye por virgen. De modo que se acomoda más literalmente con la profecía de Isaías (7, 14) de que el Mesías nacería de una virgen. Teológicamente uno y otro nombre vienen a significar lo mismo. En la joven María descubrimos la primera clave de este domingo: esperar. La situación no era sencilla. No estaba aún desposada y esperaba ser madre. Su esperanza se basaba en la confianza de su SÍ al ángel cuando la anunció el deseo de Dios de que fuera madre de su Hijo. Ante la dificultad, ante lo imprevisto María espera y desea ser la madre del Salvador. Como ella hoy la Iglesia nos invita a esperar al Mesías y acogerlo en nuestra vida.
José: temeroso y obediente
El siguiente personaje del evangelio es san José. Antes de vivir con María afronta una complicada experiencia. Le dicen que María espera un hijo. Por su cabeza discurren mil ideas. Su corazón se llena de angustia y en su cabeza aparece la duda de seguir junto a María. Su propuesta es abandonarla. En esa noche oscura descubre el Misterio de la Navidad. En el sueño escucha la voz que le habla de la naturaleza divina del niño. José entonces acepta su papel en el proyecto de la salvación y se convierte así en ejemplo para nosotros de acogida al Hijo de Dios. En lugar de abandonar, colabora en ese plan de Dios hasta el punto de que será él quien elegirá el nombre del Niño convirtiéndose así legalmente en padre. San José nos propone vivir esta espera del Mesías con sus mismas actitudes. Aunque tengamos miedo y temor seamos obedientes y colaboradores con el proyecto de Dios.
El Niño: Enmanuel, Dios con nosotros
La figura central no puede ser sino el Niño Jesús. El nombre que se le pone es Jesús que significa “Dios es mi salvador”. Además, san Mateo retomará otro nombre de la profecía de Isaías y lo llama “Enmanuel” para enfatizar que ese Dios está con nosotros. Porque esa es la razón de que Dios venga a nuestro mundo y no puede ser otra sino la de salvarlo. En torno al nombre de Jesús se nos muestran dos ideas fundamentales para esta última semana del Adviento como son la necesidad que tenemos de ser salvados, liberados de tantas limitaciones y dificultades que tenemos y la certeza de que necesitamos que Dios esté con nosotros si queremos lograr la salvación. Como en la primera Navidad ese niño necesita de quien le espere y le acoja. Como María y José nosotros ejercemos ahora de padres para que superando temores, miedos y dificultades hagamos posible que Dios nazca una vez más en nuestro mundo.
Con este evangelio abrimos las puertas de la Navidad, terminamos el Adviento, el tiempo de esperar para experimentar la realidad de la salvación que nos llega ya.
Jose María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia