La misoginia no es algo lejano ni antiguo. Está más cerca de lo que pensamos. Está en las redes sociales, en los grupos de amigos, en los comentarios que se comparten sin pensar… y cada vez más, está creciendo entre los jóvenes.
Y eso debería preocuparnos.
Porque no siempre se reconoce como odio. A veces se presenta como humor, como “opinión”, como una forma de sentirse fuerte o de encajar. Pero poco a poco va calando. Va construyendo una forma de mirar al otro desde la desconfianza, desde la superioridad, desde el rechazo.
Y cuando eso empieza tan pronto, deja huella.
Hay chicos jóvenes que están aprendiendo que mostrar empatía es debilidad, que respetar es perder poder, que relacionarse con una mujer es competir o defenderse. Y hay chicas jóvenes que están creciendo sintiendo que deben justificarse, protegerse, medir cada paso para no ser juzgadas.
Y eso no es normal. Aunque se repita mucho. Aunque se vea todos los días.
Porque cuando normalizamos esa forma de pensar, estamos construyendo relaciones basadas en el miedo, en la tensión, en la distancia. Estamos enseñando a una generación a no confiar, a no escucharse, a no entenderse.
Y las consecuencias van más allá del presente.
Se convierten en adultos que no saben relacionarse desde el respeto. En parejas que no se comprenden. En entornos donde el conflicto sustituye al diálogo. En una sociedad más fría, más dividida, más sola.
Y lo más preocupante es que todo empieza con algo que parece pequeño. Un comentario. Un vídeo. Una idea repetida sin cuestionarla.
Por eso es tan importante parar. Pensar. Preguntarse qué estamos alimentando cada vez que callamos, reímos o compartimos.
Porque la juventud no solo hereda el mundo. Lo está construyendo ahora.
Y todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo.
A tiempo de enseñar que el respeto no debilita, que la empatía no resta, que entender al otro no es perder… es crecer.
Porque cuando dejamos de imponer lo que alguien debe ser, empezamos por fin a descubrir lo que cada persona puede llegar a ser.
Cuca Álvarez