El evangelio del segundo domingo de la Pascua comienza contándonos cómo vivían los apóstoles después de la muerte de Jesús.
Puertas cerradas
Nos dice que estaban reunidos en una casa con las puertas cerradas. Forma maravillosa de decirnos que tenían miedo, que no se sentían seguros y temían que pudieran identificarles como seguidores de quien había muerto en la cruz. Necesitaban protegerse y renunciaban a aparecer en público. Tal vez así evitaban avergonzarse de haber seguido a Jesús el Nazareno. San Juan describe de esta manera una experiencia real de todos nosotros que también necesitamos experimentar la presencia de Jesús. Situaciones de encierro, de ocultar nuestra fe y, tal vez, de avergonzarnos de ser creyentes las vivimos todos. En esas circunstancias también podemos descubrir a Cristo vivo entre nosotros que nos saluda con esa frase de aliento y ánimo: paz a vosotros.
Alegría y fe
Ante este cuadro de pesimismo y temor los apóstoles, al ver a Jesús, se llenaron de alegría. Resalta san Juan este detalle de cómo abandonan el miedo y el temor ante la presencia del Señor. Todos viven la experiencia de la victoria de Jesús con entusiasmo perdiendo el miedo. Cuando se vive la fe y la alegría juntas se experimenta la presencia de Jesús resucitado. ¿O es al revés? El Señor resucitado es la razón de que nuestra fe la vivamos con alegría. De modo que si nuestra fe sigue teñida de miedo y tristeza expresa que no hemos visto a Cristo Resucitado. Así nos lo hace ver contándonos la experiencia de santo Tomás que no estaba presente cuando vieron a Jesús. Cuando a Tomás le dijeron que habían visto al Señor resucitado no lo creyó, no dio crédito a sus palabras de modo que exigía verlo en persona. Esa postura de Tomás, a quien hemos calificado de incrédulo, nos revela algo muy importante a la hora de creer en la resurrección. No bastan las palabras, necesitamos la presencia.
Hemos visto al Señor
Santo Tomas nos enseña que la fe nace del encuentro con el Señor. Así lo experimentaron los apóstoles. Tomás que no estuvo presente duda. Por ello le cuesta creer. Necesitará también la experiencia del encuentro para creer. Vivir el encuentro personal, ver a Cristo en persona y escucharle hablar cambia su actitud incrédula. Esta es la enseñanza que hoy nos transmite el evangelio. Por ello Tomás, después del encuentro personal, cae de rodillas ante él, pide disculpas y expresa con hondo dolor aquella confesión de fe y alegría: “Señor mío y Dios mío”. El encuentro con el Resucitado transforma su vida. Ahora entiende el profundo mensaje de la resurrección. El encuentro ha transformado su vida y ya no hay duda ni tristeza sino fe y alegría. Eso es lo más importante: entender que el encuentro con Jesús transforma la vida y eso lleva a Tomás a reconocer a Jesús como Dios vivo.
Resumiendo, el evangelio nos ofrece, por tanto, un mensaje lleno de esperanza para vivir la Pascua. Jesús Resucitado nos quita los miedos, nos llena de paz y transforma nuestra fe.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia