Después de las fiestas del Señor con que acabamos el tiempo de la Pascua retomamos el ritmo ordinario de las celebraciones dominicales que denominamos tiempo ordinario. El texto de san Mateo nos descubre la mirada de Jesús sobre nosotros y supone la elección de sus apóstoles y el encargo de su misión.
Mirada de compasión
Estamos viviendo la visita del Papa León a España con el lema: ALZAD LA MIRADA. Con los ojos de su Vicario en la tierra, Jesús, sin duda, estará mirando la Iglesia universal, la de España y la nuestra particular de Palencia como miraba a la gente de su tiempo. En esa mirada de Jesús descubrimos en primer lugar sentimientos de compasión. Una mirada no superflua o distante que se queda en lo exterior, sino que descubre el corazón de cada hombre. Una mirada que se emociona ante el hombre y se duele cuando descubre una necesidad. No se queda el sentimiento de lástima sino de sentir en las entrañas amor y deseo de buscar una respuesta que lleve a solucionar sus problemas. Según el relato del evangelio la mirada de Jesús descubre en la multitud, en la humanidad dos cosas. En primer lugar, ve que la gente está extenuada. Podemos explicar esta expresión ampliando el concepto y ver a la gente, a la humanidad como cansada, agotada, agobiada y llena de preocupaciones. Un cansancio y un agobio no solamente físico sin más profundo, espiritual, del alma. Seguro que podemos ver así a nuestra sociedad, a nuestro mundo y a nosotros mismos. El segundo adjetivo con el que el evangelista expresa la mirada de Jesús nos habla de que además está abandonada. Carecen de quien les marque el camino, les dirija, les oriente, les cuide y para ello recurre a la imagen de quién no tiene pastor. Necesitan de alguien en quien confiar su vida. Pero la mirada de Jesús nunca es una mirada estéril que se limita a ver, sino que supone una preocupación que impulsa a la acción, que lleva a hacer algo. De esa mirada nace la elección de los apóstoles.
Llamada y elección
Jesús no se queda en la mirada, sino que pasa a la acción. El primer gesto de esa acción tal vez nos sorprenda. Lo primero consiste en rezar: pedid, rogad al dueño de la mies que mande operarios. Nada tendrá éxito sino consideramos que es Dios quien puede tener la solución. Y junto a la oración, que nunca debe ser huida, viene el compromiso. Les llama, les elige y les encomienda que sean ellos los que colaboren con Él para remediar los problemas de la multitud. No hay examen que pasar, oposición que aprobar ni casting que superar, Jesús elige a todos, nadie es excluido de colaborar con Él para solucionar los cansancios y agobios de la humanidad. Diferentes y distintos, todos son necesarios. Y todos ellos acogen y aceptan la llamada y la elección.
Misión exigente
El tercer aspecto de la reflexión se centra en la misión que Jesús les encomienda. Deja claro que no es una misión humana sino misión de Dios. Por ello les da unas instrucciones precisas. La tarea depende no de nosotros sino de los planes de Dios. Sorprende igualmente lo exigente de la labor a realizar. Jesús pide hacer cuatro cosas. Cuatro dimensiones que conformen la tarea y, a primera vista, nada fáciles y sencillas. Sanar heridas, dar vida, limpiar las manchas y arrojar el mal componen el trabajo a realizar que en palabras de Jesús expresamos como curad enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y arrojar demonios. A ninguno de los doce les parece imposible la misión y aunque exigente comenzaran el periodo de aprendizaje junto a Jesús para poder un día llevarlo a cabo. Así hoy la Iglesia nos ofrece a acoger y aceptar el plan de Dios de colaborar con Él, de acepar su llamada y prepararnos para realizar la misión.
Necesitaremos fuerzas y gracia para aceptar y colaborar. Sea esta hoy nuestra petición al Señor.
José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia