Pistas pastorales para la diócesis

Pistas pastorales para la diócesis

Queridos lectores, paz y bien.

Hay veces en las que, a pesar de lo apremiante de las tareas de un obispo, este tiene que tomar distancia de su día a día, e ir a un punto alto para ganar perspectiva para saber hacia dónde vamos. Es lo que hice la semana pasada, cuando acudí a Madrid al encuentro de obispos y teólogos que se celebra cada dos años. El tema de las jornadas era “el retorno de lo religioso: síntomas, interrogantes y criterios pastorales”. Y una de las ponencias la daba Santiago García Moruelo, de la Universidad de Comillas. Su título, tan sugerente como actual: “la fe entre la emoción y la razón. Retos actuales del primer anuncio.

Y no me resisto a transcribir el brillante decálogo pastoral con el que concluía su aportación. Más que formular unas conclusiones cerradas, nos sugería algunos desplazamientos necesarios para el momento presente; no solo para conformar una adecuada vida creyente, sino también para estructurar las diversas iniciativas eclesiales en este ámbito.

1. De una pastoral del reclutamiento a una pastoral del engendramiento. El «Primer anuncio» no debería medirse por su capacidad de atraer participantes, producir adhesiones inmediatas o incrementar visibilidad eclesial, sino por su capacidad de engendrar sujetos creyentes y comunidades sólidas. El reto no consiste solo en ver cuántos vienen, sino qué tipo de vida cristiana comienza a gestarse.

2. De la lógica del evento a la lógica del umbral. Muchas experiencias de «Primer anuncio» funcionan como acontecimientos intensos, pero convendría pensarlas más bien como umbrales: espacios de paso, apertura y orientación; no tanto por la explicitación de los contenidos -estos han de quedar claros desde el comienzo-, cuanto por su asimilación. Un umbral no es todavía la casa; permite entrar en ella. Su fecundidad depende de que no se absolutice como experiencia autónoma.

3. De la eficacia pastoral a la fecundidad espiritual. La fe no siempre madura allí donde la reacción es más visible. Puede haber procesos discretos, lentos, apenas medibles, que resulten más hondos que determinadas respuestas inmediatas de corte emocional. Esto exige revisar los criterios con los que valoramos pastoralmente una propuesta evangelizadora.

4. De la producción de experiencias a la educación de la receptividad. La tarea pastoral no consiste en fabricar experiencias religiosas, sino en educar la receptividad para que el sujeto pueda acoger, interpretar y responder en profundidad al Señor del Evangelio, presente en su Iglesia. Quizá debiera cuidarse menos la espectacularidad del estímulo y más la capacidad de escucha, disponibilidad, silencio y libertad.

5. De una antropología de la emoción a una antropología de la decisión. En el ámbito de la fe, la pregunta no es qué siente el sujeto, sino hacia dónde queda orientado por aquello que siente. Una emoción puede conmover sin convertir, abrir sin sostener, iluminar un instante sin configurar una existencia. El discernimiento debe desplazarse de la intensidad emocional a la dirección teologal de la vida.

6. De la experiencia individual a la forma eclesial de la fe. La experiencia personal es indispensable, pero no basta. La fe cristiana adquiere consistencia cuando se inscribe en una comunidad, una memoria, unos signos, una liturgia y una tradición compartida. Sin esta adhesión eclesial, la experiencia corre el riesgo de permanecer disponible solo para la memoria afectiva del sujeto, pero no para una vida creyente sostenida en el tiempo.

7. De la catequesis como explicación posterior a la catequesis como configuración progresiva. No se trata solo de añadir contenidos doctrinales después de una experiencia inicial, sino de introducir en una forma cristiana de comprender, desear, decidir, celebrar y vivir. La catequesis no prolonga simplemente el «Primer anuncio», sino que lo verifica, ensancha y encarna.

8. De la mistagogía como momento específico a la mistagogía como estilo ordinario de Iglesia. No basta con explicar los ritos o acompañar sacramentos puntuales. La mistagogía debería convertirse en una forma habitual de leer la vida desde el misterio celebrado: aprender a reconocer a Dios en lo recibido, en lo frágil, en lo comunitario, en lo sacramental y en lo cotidiano.

9. De la pastoral de la seguridad a la pastoral de la madurez creyente. Una fe adulta no vive de confirmaciones afectivas constantes ni de evidencias psicológicamente tranquilizadoras. Necesita aprender a habitar la oscuridad, la demora, la ausencia de gratificación inmediata y la fragilidad de las mediaciones eclesiales. Acompañar la fe implica también preparar para atravesar el desierto.

10. De la pregunta por el método a la pregunta por la forma cristiana de existencia. El centro de la reflexión no es qué dinámica funciona, qué lenguaje atrae o qué experiencia impacta, sino qué figura de creyente está naciendo. El criterio último del «Primer anuncio» no es metodológico, sino cristológico, eclesial y existencial: si ayuda a que una vida se conforme al Cristo testimoniado en los evangelios y presente en su Iglesia.

Gracias Santiago, gracias queridos teólogos por vuestro luminoso carisma.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia