Las reliquias de Santa Bernardita en Palencia

Desde la mañana del sábado 21 de septiembre a la mañana del lunes 23 de septiembre, las reliquias de Santa Bernardita junto a una imagen de la Virgen de Lourdes, estarán en nuestra Diócesis. Una parada de dos días en la peregrinación que recorrerá 45 diócesis de España desde el 1 de septiembre al 13 de diciembre de 2019.

Es deseo de la Hospitalidad Diocesana de Lourdes que todos aquellos palentinos que deseen participar en los actos que se programen para esta visita puedan hacerlo; especialmente aquellos que pertenecen a las distintas delegaciones, secretariados, asociaciones, cofradías, comunidades religiosas... de nuestras Diócesis.

La Visita de las reliquias de Santa Bernardita puede ser ocasión para sentirnos unidos como diócesis de Palencia y expresar nuestra fe en Cristo Resucitado que a través de María nos recuerda su mensaje de predilección por los pobres, por los enfermos, por los descartados de nuestra sociedad como nos recuerda continuamente el Papa Francisco. El lema de la peregrinación diocesana de este año a Lourdes ha sido “Bienaventurados vosotros los pobres…”

 

Web la Visita a España de las Reliquias de Santa Bernardita

 

SANTA BERNADETTE SOUBIROUS

 

Bernadette nació el 7 de enero de 1844 y murió el 16 de abril de 1879. Tenía 35 años. Tenía 14 años en el momento de las Apariciones y fue canonizada el 8 de diciembre de 1933.

Todo lo que sabemos de las apariciones y del mensaje de Lourdes nos ha llegado por Bernadette, la única que vio. Todo depende de su testimonio. ¿Quién es Bernadette? Podemos distinguir tres etapas en su vida: los años oscuros de su infancia, una vida “pública” en el tiempo de las apariciones y del testimonio y, por último, una vida “oculta” como religiosa en Nevers.

Los años oscuros

Cuando se habla de las apariciones, se suele presentar a Bernadette como una chica pobre, enferma e ignorante que vive miserablemente en el “Calabozo”. Es verdad, pero no siempre fue así. Cuando nació en el molino de Boly el 7 de enero de 1844, era la primogénita, la heredera de Francisco Soubirous y Louisa Castérot, casados por amor, cosa no muy frecuente en esa época. Bernadette crece en una familia unida que se ama y donde se reza. Vive diez años de felicidad en esa etapa tan decisiva de la primera infancia, que le darán una solidez y un equilibrio sorprendentes. La miseria que sobreviene no puede acabar con esa riqueza humana. Es verdad que a los 14 años Bernadette mide 1,40 m, padece crisis de asma y problemas de estómago, pero ella no es cualquier cosa: es una auténtica bigurdana cap bourrut, “cabeza dura”, parecida a las piedras de las canteras de Lourdes. Tiene una naturaleza viva, espontánea, tenaz, de réplica fácil -como comprobará el propio Jacomet-, incapaz de dobleces. Tiene amor propio, cosa que no se le escapa a la madre Vauzou en Nevers: “Carácter rígido. Muy susceptible”. Bernadette se aflige por sus defectos y los combate enérgicamente. Así pues, una personalidad fuerte, pero sin cultura. Nada de colegio: había que trabajar en la taberna de la tía Bernarda. Nada de catecismo: su memoria rebelde no retenía las fórmulas abstractas. A los 14 años no sabía leer ni escribir, y se siente excluida, como se diría hoy. Entonces reacciona: en septiembre de 1857 la envían a Bartrès, y vuelve a Lourdes el 21 de enero de 1858: quiere hacer la primera comunión, cosa que ocurre el 13 de junio.

La vida “pública”

Corresponde a la época de las apariciones. En sus ocupaciones cotidianas, como ir a buscar leña, Bernadette se encuentra cara a cara con el misterio. Un ruido «como una ráfaga de viento», una luz, una presencia. ¿Cómo reacciona? Demostrando sentido común y un discernimiento notable. Creyendo que podía ser una ilusión, pone en marcha todos sus recursos humanos: observa, se frota los ojos, intenta comprender. Luego se vuelve hacia sus compañeras para comprobar sus impresiones: “¿No habéis visto nada?”. Entonces se dirige a Dios y reza el rosario. Se dirige a la Iglesia y pide consejo en confesión al padre Pomian: “He visto algo blanco que tenía la forma de una Señora”. Interrogada por el comisario Jacomet, responde con una seguridad, prudencia y firmeza sorprendentes en una chica sin estudios: “Aquero, no he dicho la Santísima Virgen… Señor, usted me lo ha cambiado todo”. Cuenta lo que ha visto con un desparpajo y una libertad asombrosos: “Estoy encargada de decírselo, no de hacérselo creer”.

Cuenta las apariciones con exactitud, sin añadir ni quitar. Una sola vez, atemorizada por la rudeza de Peyramale (lit. mala piedra), añade: “Señor párroco, la Señora sigue pidiendo la capilla…, ¡aunque sea muy pequeña!”. En su carta pastoral sobre las apariciones, Mons. Laurence subraya “la sencillez, el candor, la modestia de esta niña… que cuenta todo sin afectación, con una ingenuidad conmovedora… y, a las numerosas preguntas que le hacen, responde sin dudar, de modo claro y preciso, con una fuerte convicción”. Insensible tanto a las amenazas como a las ofertas de sacar partido, “la sinceridad de Bernadette es incontestable: no ha querido engañar”. Pero ¿no se estará engañando ella misma, víctima de una alucinación?, se pregunta el obispo.

Entonces apela a la calma de Bernadette, a su sentido común, a la ausencia de exaltación y a que las apariciones no dependen de Bernadette, pues han ocurrido sin que ella las esperase: durante la quincena, dos días acudió a la Gruta sin que la Señora apareciese.

Para llegar a estas conclusiones, Bernadette ha tenido que responder a curiosos, admiradores, periodistas y otros, y comparecer ante comisiones de investigación civiles y religiosas. Arrancada del anonimato, se ve proyectada al primer plano de la actualidad, victima de una «tempestad mediática». Podemos imaginar la paciencia, el equilibrio y el humor necesarios para resistir y preservar la pureza de su testimonio. No acepta regalos: “Quiero seguir pobre”. No bendice los rosarios que le presentan: “No llevo estola”. Ni vende medallas: “No soy comerciante”. Y ante las imágenes a diez perras que la representan, exclama: “¡Diez perras, eso es lo que valgo!”. En estas condiciones la vida en el Calabozo se vuelve imposible: hay que protegerla. El párroco Peyramale y el alcalde Lacadé acuerdan que Bernardita sea admitida como «enferma indigente» en el Hospicio de las Hermanas de Nevers, al que llega el 15 de julio de 1860. Con 16 años aprende a leer y a escribir. Aún hoy se pueden ver en la iglesia de Bartrès los “palotes” trazados por su mano. Posteriormente escribe a menudo a su familia por un bautizo, una primera comunión o un funeral; ¡escribe incluso, al Papa! Visita a sus padres, que han vuelto a la “casa paterna”; cuida enfermos, pero ante todo busca su camino: si no sirve para nada ni tiene dote, ¿cómo ser religiosa? Al final entra en las Hermanas de Nevers “porque no me han obligado a ello”. Desde entonces en su interior se impone una verdad: “Mi misión en Lourdes ya ha terminado”. Como Juan Bautista ante Jesús, debe desaparecer para hacer sitio a María.

La vida “oculta” en Nevers

Ella misma usa esta expresión: “He venido aquí para ocultarme”. En Lourdes era Bernadette, la vidente; en Nevers se convierte en la hermana Marie-Bernard, la santa. A menudo se ha hablado de la severidad de sus superioras con ella, pero hay que comprender que Bernadette era un caso especial: había que apartarla de la curiosidad, protegerla y proteger la Congregación. Bernadette relata las apariciones a la comunidad, reunida al día siguiente de su llegada; luego ya no podrá hablar. La dejan en la casa madre, aunque le hubiera gustado cuidar enfermos en otro lugar. El día de su profesión, no hay ninguna ocupación prevista para ella. Entonces el obispo, inspirado, le encomienda “el trabajo de orar”. “Rece por los pecadores”, le había dicho la Señora. Y lo cumple. “Mis armas son la oración y el sacrificio”, le escribe al Papa. La enfermedad la convierte en una columna de la enfermería. Y luego están las interminables sesiones de locutorio: «Estos pobres obispos harían mejor quedándose en su casa». Lourdes está muy lejos… ¿Volver a la Gruta? ¡Nunca!, “Dejarían a la Santísima Virgen para seguirme”. Pero todos los días va allí en peregrinación espiritual.

No habla de Lourdes; lo vive. “Usted debe ser la primera en vivir el mensaje”, le dice el padre Douce, su confesor. De hecho, después de ser ayudante de enfermería, entra poco a poco en la condición de enferma, lo que convierte en «su tarea» al aceptar, con un perfecto acto de amor, todas las cruces por los pecadores: “Después de todo, son nuestros hermanos”. En las largas noches de insomnio, uniéndose a las misas que se celebran en todo el mundo, se ofrece como una «crucificada viviente» en el enorme combate entre las tinieblas y la luz, asociada con María al misterio de la Redención y con los ojos fijos en el Crucifijo: “De ahí saco mi fuerza”. Muere en Nevers el 16 de abril de 1879 a la edad de 35 años. La Iglesia la proclamó santa el 8 de diciembre de 1933, no por haber sido favorecida por las apariciones, sino por el modo en que respondió.

 

¿QUE NOS QUIERE TRANSMITIR LA VIRGEN EN LOURDES?

 

Se llama “Mensaje de Lourdes” a los gestos y palabras que intercambiaron la Virgen y Bernardita, en la Gruta de Massabielle, durante las 18 Apariciones, del 11 de febrero al 16 de julio de 1858. Para captar y comprender el “Mensaje de Lourdes”, conviene conocer el contexto de las Apariciones.

El 11 de febrero de 1858, Bernardita, su hermana y una amiga van a recoger leña por los prados y se acercan a la gruta de Massabielle, el “cubil de los cerdos”. Por delante de la gruta pasaba un arroyo y el agua estaba muy fría. Las dos niñas más pequeñas, aunque llorando por el frío, cruzaron el arroyo; pero Bernardita no se atreve a causa del asma que padece. Oye una ráfaga de viento y nota que los árboles no se mueven; y entonces, en un hueco de la gruta, ve un resplandor y, en seguida, a una jovencita muy hermosa, de su misma edad, que le sonríe.

En tiempos de Bernardita, la Gruta era un lugar sucio, oscuro, húmedo y frío. La llamaban «el cubil de los cerdos», porque allí iban a resguardarse los cerdos que pastaban en los alrededores. Y allí justamente quiso aparecerse María, que es toda pureza, toda blancura, signo del amor de Dios e imagen de lo que Dios quiere realizar en nosotros. Existe, pues, un gran contraste entre esta Gruta obscura y húmeda y la presencia de María, la Inmaculada Concepción. He aquí ya un signo. Estamos de lleno en el Evangelio: El encuentro entre la riqueza de Dios y la pobreza del hombre. Jesús, que “viene a sentarse a la mesa de los pecadores”, porque, “vino a buscar lo que estaba perdido”.

El hecho de que María se apareciera en una gruta sucia y obscura, en un cubil de cerdos, en ese lugar llamado Massabielle, la peña vieja, es para decirnos que Dios viene a encontrarse con nosotros allí donde estamos, en medio de nuestras miserias, de nuestras causas perdidas. La Gruta no es solamente el lugar geográfico de los acontecimientos; es también un lugar donde Dios hace signos para manifestarnos su amor. Es un lugar donde Dios quiere transmitirnos un mensaje, que no es otro que el del Evangelio. El centro del Mensaje de Lourdes es que Dios viene para decirnos que nos ama. Dios nos ama tal como somos, con nuestros éxitos y también con nuestras debilidades, nuestras heridas y nuestros fracasos.

En la tercera Aparición, el 18 de febrero, la Virgen habla por primera vez. A Bernardita que le tiende una hoja de papel y un lápiz para que escriba su nombre, la “Señora” replica: “lo que tengo que decirle, no es necesario escribirlo”. Es una frase extraordinaria. Significa que María quiere entablar con Bernardita una relación del orden del amor, que se sitúa en el corazón. El corazón, en la Biblia, significa el centro de la personalidad, de lo que hay de más profundo en la persona. Bernardita abre su corazón a este mensaje de amor.

La segunda palabra del Virgen fue: “¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?” Bernardita queda desconcertada Fue la primera vez que alguien me trató de usted, dirá luego. Y explicará esta expresión añadiendo: “Me miraba como una persona mira a otra persona”. El hombre, creado a la imagen y a la semejanza de Dios, es una persona. Bernardita, sintiéndose así respetada y amada, experimenta el hecho de ser ella misma una persona. Todos somos dignos a los ojos de Dios; porque Dios ama a cada uno.

Tercera palabra de la Virgen: “No le prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro”. Existe el mundo de la violencia, de la opresión, de la mentira, de la sensualidad, del propio interés, de la guerra. Pero también el mundo de la solidaridad, de la justicia, de la disponibilidad y el servicio, del amor. Los dos mundos se dan en esta tierra. Cuando Jesús en el Evangelio nos invita a descubrir el Reino de los Cielos, nos invita a descubrirlo en este mundo en que vivimos, tal como es. Donde hay amor allí está Dios.

Tener la experiencia de Dios no es más que tener la experiencia del Amor, aquí en este mundo. A quien descubre esto va dirigida la alabanza de Jesús: “No estás lejos del Reino de Dios”. Que es como decir: has sabido descubrir aquí abajo ese Reino y has fundamentado tu vida sobre ese Amor. Esa fue la promesa de Dios a Bernardita: No te prometo la felicidad de este mundo, sino descubrir ya aquí abajo el otro mundo. En ese sentido, Bernardita fue siempre profundamente feliz aquí abajo. Ese es el Reino de Dios.

Durante las siete primeras Apariciones, Bernardita aparecía con rostro radiante de felicidad, y de luz. Pero, entre la octava y la duodécima Aparición, todo cambia: la cara de Bernardita se vuelve dura, triste, dolorosa y sobre todo realiza gestos incomprensibles. Va de rodillas hasta el fondo de la Gruta. Besa el suelo, sucio y asqueroso, de la Gruta. Come hierbas amargas. Escarba en el suelo y, por tres veces, intenta beber agua fangosa. Se embadurna la cara con esa misma agua embarrada. Luego mira a la gente y abre los brazos. Todos dicen al verla: “Está loca”. Bernardita repetirá los mismos gestos durante cuatro Apariciones.

¿Qué significa eso? ¡Nadie lo entendió! Con todo, estamos en el centro del “Mensaje de Lourdes”

Estos gestos son, en efecto, gestos bíblicos. Porque la “Señora” se lo pide, Bernardita remedando la Encarnación, la Pasión y la Muerte del Cristo. Andar de rodillas hasta el fondo de la Gruta: es el gesto de la Encarnación, del descenso de Dios hasta el hombre. Y Bernardita besa la tierra para significar que ese descenso es el gesto del amor de Dios a los hombres. Comer las hierbas que crecía al fondo de la gruta. Los hebreos, cuando querían significar que Dios había tomado sobre sí todas las amarguras y todos los pecados del mundo, mataban un cordero, lo vaciaban y lo llenaban de hierbas amargas; y pronunciaban sobre el cordero la fórmula siguiente: “Este es el Cordero de Dios, que toma sobre sí las amarguras y los pecados del mundo”.

Embadurnarse la cara. El profeta Isaías nos habla del Mesías llamándolo el “Siervo sufriente” y dice: “No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, deshecho de los hombres… ante quien se vuelve el rostro…” Bernardita tiene la cara desfigurada por el barro. La gente la desprecia y dicen: “esta chica se ha vuelto loca”.

En la 9ª aparición la Señora dice a Bernardita: “Vaya a beber y a lavarse en la fuente”. Bernardita va al fondo de la Gruta, escarba en el suelo y comienza a brotar el agua, primero sucia, después clara y limpia. Estos gestos nos desvelan el misterio del Corazón de Cristo: “Un soldado, con la lanza, les traspasó el costado y, al punto, brotó sangre y agua. Pero se nos revela también el corazón del hombre. La Gruta es, pues, el corazón del hombre. El corazón que Dios trata de liberar, por su amor, de todo barro de miseria, de todo pecado, de las hierbas amargas. Besando el suelo de la Gruta, Bernardita nos recuerda el encuentro de Dios con nosotros, como somos y donde estamos, porque en el fondo de nosotros mismos hay una fuente de agua viva. El corazón del hombre, herido por el pecado, está significado en las hierbas y el barro: Pero en el fondo del corazón está la vida misma de Dios, significada en la fuente.

Le preguntaron a Bernardita si la Señora le había hablado, si le había dicho alguna cosa y ella respondió: “Sí, la Señora repetía: Penitencia, penitencia, penitencia. Reza por los pecadores”. Recordemos que “Penitencia” significa “Conversión”. Para la Iglesia la conversión consiste, como Jesucristo lo enseña, en volver nuestro corazón a Dios y a los hermanos. Estamos en el centro del Mensaje de Lourdes: la oración y la penitencia nos hacen entrar en el Espíritu de Dios.

En la decimotercera aparición, María dice Bernardita: “Vete a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión”. Venir en procesión, significa caminar en esta vida, junto a nuestros hermanos. Construir una capilla. En Lourdes, se han construido capillas, para acoger a la muchedumbre de peregrinos. Pero estas capillas no son más que los signos de la comunión, basada en la caridad, a la que todos estamos llamados. La “capilla”, es la “Iglesia” que debemos construir, allí donde estamos. En nuestra familia, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra parroquia, en nuestra diócesis. Durante toda su vida el cristiano construye la Iglesia viviendo la comunión con sus hermanos.

El 25 de marzo de 1858, día de la decimosexta aparición, Bernardita va a la Gruta y, siguiendo la iniciativa del P. Peyramale, párroco de Lourdes, pide a la “Señora” que le diga su nombre. Bernardita le hace la pregunta plantea la cuestión por tres veces. A la cuarta vez, la “Señora” le responde en bigurdán: “Que soy era Inmaculada Counceptiou”, “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Bernardita no entendió el sentido de esas palabras. Corrió enseguida junto al P. Peyramale, para comunicarle el nombre de la “Señora”. El entendió que es la Madre de Dios la que se aparece a la Gruta de Massabielle. Más tarde, el obispo de Tarbes, Monseñor Laurence, lo declaró solemnemente.

El dogma de la Inmaculada Concepción, como lo enseña la Iglesia, significa que María fue concebida sin pecado, en virtud de los méritos de la muerte y resurrección de Cristo. Así, la Inmaculada Concepción es también la señal de aquello a lo que está llamado todo hombre regenerado por Dios.’

 

EL RELICARIO

 

Desde 2017, por iniciativa del obispo de Tarbes y Lourdes Nicoles Brouwet, las reliquias de Santa Bernardette viajan desde el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes a las distintas diócesis de Francia que deseen recibirlas para su veneración. Para ello, se encargó un nuevo relicario al taller madrileño Arte Granda, una obra original que se identificara completamente con el estilo de Lourdes. La pieza, de estilo neogótico -al igual que la basílica- y de 70 cm de alto, se trabajó, tanto en su diseño como en su ejecución, para que reflejara la humildad, la fe y la piedad de Santa Bernardette Soubirous.

Siguiendo las indicaciones de la archivista, Pacal Castillo, y en conjunto con los capellanes del Santuario, el equipo interdisciplinar de Granda trabajó en el diseño de un relicario con forma de campanario embellecido con cuatro esmaltes geométricos. La apariencia del relicario es clásica y atemporal. Con aspecto arquitectónico, está marcada por contrafuertes que representan la fuerza divina que sostiene, protege, revela e ilumina el interior del hombre.

La forma de campanario responde a una razón simbólica. Los campanarios son lugares visibles desde los que, mediante el sonido de las campanas, se da testimonio de la presencia de Dios en los templos y se convoca a los fieles para el culto. De hecho, cuando el sultán del Imperio Otomano Solimán el magnífico (1495-1566) invadió Jerusalén, lo primero que hizo fue destruir los campanarios, para acallar así la voz de Dios. El campanario es también, en este caso, imagen del mensaje de la Virgen a Santa Bernardette, que desde Lourdes se ha ido propagando por todo el mundo.

En la puerta principal puede apreciarse el esmalte de la Virgen, y en la parte trasera, el de una aparición a Santa Bernardette. Se trata de dos esmaltes realizados sobre placa de cobre cóncava trabajados con la técnica del “esmalte pintado”. Para realizarlos se han empleado esmaltes opacos de diversos colores. Dichos esmaltes vítreos deben ser aplicados con la mayor precisión y lo más juntos posible para que en el momento de la cocción no se produzcan tensiones que desencadenen en deformaciones o grietas. Las imágenes de los esmaltes se inspiran en las propias vidrieras de la Basílica de la Inmaculada Concepción.

En los ángulos de las esquinas del relicario encontramos cuatro esmaltes en los que predomina el tono azul, que representa Europa, combinado con tonos verdes, amarillos, rojos y negros, que evocan simbólicamente los otros cuatro continentes y, por tanto, la universalidad del mensaje de Lourdes. Así, los peregrinos de todos los puntos de la tierra se encuentran representados.

En la parte superior podemos encontrar dos detalles: por un lado, la Santa Cruz, y por otro, la Corona de la Virgen. También encontramos en la pieza varias inscripciones, escogidas expresamente por el rector del santuario:

Je suis l’Immaculée Conception (Yo Soy la Inmaculada Concepción)
Salus Infirmorum (Salud de los enfermos)
Refugium peccatorum (Refugio de los pecadores)
Il suffit d’aimer (que resume el pensamiento de Bernardette)

El relicario se bendijo el jueves 30 de mayo durante la misa internacional en la basílica de San Pío X y se llevó en procesión a la Gruta de Massabiell

 

 

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