El amor, clave de la vida cristiana y humana - I

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El domingo pasado, fiesta del Bautismo del Señor, la Palabra de Dios nos presentaba el misterio último de la vida de Cristo y de la vida del cristiano, y me atrevo a afirmar que de la de todo varón y mujer. La clave del misterio de Cristo es que el Hijo del Padre, que lleno del Espíritu Santo, tiene la misión de llevar a cabo la “justicia de Dios”. Esta no es dar a cada uno lo suyo, sino llevar a cabo el plan de Dios de salvar a los hombres, de mostrar la misericordia y el amor de Dios a todos los humanos, especialmente a los más pobres y necesitados.

El misterio del hombre se revela en Jesucristo: somos hijos de Dios, hechos a imagen y semejanza de Jesús. Estamos moldeados como Jesús por el amor de Dios que es Padre y tiene entrañas maternales de misericordia. Los cristianos, y todos los hombres, alcanzaremos la plenitud en la medida en que amemos, porque Dios es amor. «Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto» (Mt 5, 48) y «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36). Tenemos que seguir el camino de Jesús, que es camino de amor: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34; 15, 12). «Os he dado ejemplo para que vosotros lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 15).

Quiero recoger aquí algunas enseñanzas del Papa recién fallecido, Benedicto XVI, en sus escritos citándole fecuentemente. Será un modo de hacerle un homenaje de gratitud.

Tenemos un problema de lenguaje. El término “amor” se ha convertido -decía el Papa Benedicto XVI (Deus Caritas est, 1)-, en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes. Se habla de amor a la patria -entre nosotros cada vez menos-, por la profesión, o el trabajo, amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo, del amor a Dios. Sin embargo, en esta multiplicidad de significados destaca como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma.

¿Se trata de un único amor que unifica estas formas de amor, o se trata de una misma palabra que utilizamos para realidades diferentes? El Papa Benedicto XVI, en su primera encíclica, recoge que los antiguos hablaban del amor con tres palabras: eros, filia (amor de amistad) y ágape (amor de comunión). Quizás los cristianos hemos relegado el término eros. Muchos piensan hoy, como Nietzsche, que el cristianismo ha dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio; que la Iglesia, con sus prohibiciones y preceptos convierte en amargo lo más hermoso de la vida. El amor erótico que tanto en la antigüedad como ahora fascina tanto, «necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer en un instante, sino el modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser» (DCE, 4). Pero el eros, degradado a puro sexo se convierte en pura mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender; más aún, el ser humano se convierte en mercancía. La fe cristiana, en modo alguno rechazó al eros como tal, sino que declaró la guerra a su desviación destructora y que, en vez de elevarnos, “éxtasis” hacia lo divino, degrada a la persona como con la prostitución y otro tipo de abusos. Por eso dice el papa que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.

Dice Benedicto XVI que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra realidad cotidiana. Al mismo tiempo, se constata que lograr esa meta no consiste en dejarse llevar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración que incluyen la renuncia. Esto no es envenenar el eros, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza (DCE, 5) Prueba de ello es el libro de la Escritura Santa que canta poéticamente amor, el Cantar de los Cantares. El amor, en oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, supone descubrimiento del otro superando la fase egoísta, ocuparse del otro y preocuparse del otro. Ya no se busca a sí mismo sino el bien del amado. Supone salir del yo cerrado en sí mismo hacia la liberación en la entrega de sí, hacia un reencuentro consigo mismo y, más aún, hacia el descubrimiento de Dios (DCE, 6). El amor de Dios al hombre puede calificarse sin duda como de eros, que, no obstante, es totalmente ágape, entrega, comunión, como aparece en Oseas y Ezequiel.

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