El Amor, clave de la vida cristiana y humana -II - La amistad

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El domingo pasado, siguiendo las enseñanzas del Papa Benedicto XVI, presenté el amor en sus expresiones de eros, filía y ágape en las que subyace una unidad profunda. Particularmente me referí a la faceta de erótica, que está relacionada con las otras expresiones, porque según la Biblia, el amor erótico supone descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta; entraña ocuparse y preocuparse por el otro, ansía el bien de la persona amada hasta el punto del sacrificio y renuncia en bien del otro. «El amor es “éxtasis”, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios» (DCE,6).

Otra manifestación del amor es la filía, la amistad. En griego significa primariamente amor hacia parientes, hermanos, para indicar una benevolencia, afecto, aprecio, simpatía, favor. En la Biblia también aparecen ejemplos de amistad; es más, Dios es presentado como amigo del hombre con quien pasea por el jardín a la hora de la brisa (Gen 3, 8), amigo de la vida (Sab 11, 26), amigo de Abrahán (Is 41, 8; Dan 3, 35) y Abrahán, amigo de Dios (Sant 2, 23). El que nos llama y trata como amigos es Jesús, pues hemos sido elegidos por Él, (Jn 15, 15); es más nos dice que nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos, que somos sus amigos si hacemos lo que él nos manda, que para los amigos no tiene secretos (Jn 15, 13-15). Jesús mismo tiene amigos, además de sus discípulos y compañeros, Marta, María y Lázaro, lo es de los publicanos y pecadores (Lc 7, 34; 15, 1).

Las Escrituras Santas hablan muchas veces de la amistad; por ejemplo, en el libro del Eclesiástico se recoge enseñanzas sobre la amistad; por ejemplo, cómo elegir los amigos, del don que es un amigo fiel, no tiene precio y su valor es incalculable, es medicina para la vida (Ecl 6, 5-17), de la injuria al amigo, de la reconciliación con el mismo, de la fidelidad, etc. (Ecl 22, 19-26). Son enseñanzas siempre actuales, aunque el momento histórico no sea el mismo, pero siguen teniendo validez porque brotan de la experiencia humana y de la fe en Dios.

Ejemplos de amistad los tenemos en la antigüedad, y en la Escritura Santa, así, la amistad entre David y Jonathan, hijo de Saúl, (I Sam 18, 1-4; 20) Cuando cae en la batalla Jonathan, David entona una elegía en la que llega a decir: «Estoy apenado por ti, Jonatan, hermano mío. Me eras gratísimo, tu amistad me resultaba más dulce que el amor de las mujeres» (II Sam 1, 26) Teorías sobre la amistad hay muchas y ya desde antiguo, por ejemplo, Platón, Aristóteles, Séneca, Cicerón, para el que la amistad consistía en el hecho de estar de acuerdo en las cosas divinas y humanas. Cristianamente san Agustín no tiene una obra sobre la amistad, pero de sus obras se deduce una teoría sobre la amistad. Él no podía vivir sin amigos, como Alipio, Nebridio y otros ya desde niño y joven; para él la amistad y los amigos siempre fueron importantes; llorará la muerte un amigo de infancia y de estudios era, citando a Horacio, «la mitad de su alma» (Confe IV, 7-9); ya adulto dirá que «en este mundo existen dos cosas necesarias: la salud y un buen amigo» (Serm. Dennis 16,1); «La mayor consolación en medio de las agitaciones y penalidades de la sociedad humana es la fidelidad y el amor de los buenos amigos» (Ciudad de Dios 9, 8); para él la amistad, siguiendo a Cicerón, suponía estar de acuerdo en las cosas divinas y humanas, pero como fruto de una gracia, de un vínculo realizado por el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones por Dios; es estar de acuerdo en las cosas divinas y humanas en Cristo, nuestro Señor y nuestra paz (Epist 258, 4) Es más, es don de Dios, es Él quien concede la amistad (Serm 335, 2). Expresión de la amistad será «charlar y reír juntos, prestarnos atenciones unos a otros, leer en común libros de estilo ameno, bromear unos con otros dentro de los márgenes de la estima y respeto mutuos, discutir a veces, pero sin acritud, como cuando uno discute con uno mismo. Incluso esta misma diferencia de pareceres, que, por lo demás ,era un fenómeno muy aislado, era la salsa con que aderezábamos muchos acuerdo, instruirnos mutuamente en algún tema, sentir nostalgia de los ausentes, acogerlos con alegría a su vuelta; estos gestos y otras actitudes por el estilo, que proceden del corazón de los que se aman, y se ven correspondidos y que hallan su expresión en la boca, lengua, ojos y mil ademanes de extrema simpatía, eran a modo de incentivos que iban fundiendo nuestras almas y de muchas se hacía una sola. Todo esto es lo que se ama en los amigos. Y se ama de tal modo, que la conciencia humana se considera culpable si no ama a quien la ama ni corresponde al amor con amor... Feliz el que te ama a ti, Señor, al amigo en ti, y al enemigo por ti» (Conf IV, 13 y 14).

Pero no toda amistad es buena y verdadera, sino la que une la caridad de Dios. «Nadie puede ser amigo del hombre, si no lo es primero de la verdad. Y si tal amistad no es gratuita, no existe en modo alguno; la verdadera amistad es fruto maduro del amor a lo eterno y verdadero que se da en la república cristiana, cuyo rey es Cristo. Dicha amistad no se mide por los intereses temporales, sino que hay que gozarla con amor gratuito» (Epis 155, 1).

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