+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
Hoy, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, comenzamos la Semana Santa. Pero, ¿es realmente santa? Por parte de Jesucristo, sí, sin duda, pero nosotros, ¿la vivimos santamente? ¿Nos ayuda a ser más santos? Porque hemos convertido la Semana Santa en una semana de vacaciones que aprovechamos para el turismo rural o urbano, o para el descanso en las playas, en el monte. Y no es que yo esté en contra de las vacaciones, el descanso o el turismo, porque encierran muchos valores.
La propaganda de las distintas semanas santas en los distintos pueblos o ciudades nos invitan a vivir sensaciones nuevas, como si la vida sólo se alimentara de sensaciones, no de convicciones profundas. Lo que yo me pregunto es si los cristianos vivimos esta Semana Santa, en la que celebramos los misterios santos asociándonos a la muerte, sepultura y resurrección del Señor, de una manera única y personal, muriendo y resucitando constantemente de Cristo, porque la santidad, en el fondo, es vivir con Cristo los misterios de su vida.
La santidad, ser santos o santas, es una palabra que a muchos les asusta como si fuera a algo triste, decir no a la vida y a lo hermoso y noble que tiene la existencia; es todo lo contrario; ser santo es vivir la existencia de forma distinta a como se vive en una cultura materialista que considera que el hombre y la mujer somos más felices cuanto más poder tengamos, más fama, más ricos seamos. Para nosotros la santidad no es sino la caridad, el amor, plenamente vivida y entraña dejarnos amar por Cristo y dejar que Él siga amando a todos los hombres, especialmente a los que sufren, a los últimos y olvidados de la sociedad, a través de nosotros y en nosotros, en nuestro amor y entrega.
La santidad supone reproducir en nuestra propia existencia los distintos aspectos de la vida de Jesús de Nazaret, en su vida oculta, en su vida comunitaria, en su cercanía a los últimos, en su pobreza y en otras manifestaciones de su entrega por amor; es modelar nuestra vida según la suya, sabiendo que la clave de su vida fue y sigue siendo el amor. Un amor que le llevó, siendo de condición divina a no hacer alarde de su categoría divina; al contrario, se despojó de su rango y se hizo semejante a los hombres tomando la condición de esclavo, pasando como uno de tantos, como un hombre cualquiera. Es más, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; precisamente por eso el Padre le levantó y le dio el nombre-sobre-todo-nombre y le constituyó Señor (Cfr. Fil 2, 2-11). La vida y los sentimientos de Cristo los podemos descubrir a lo largo de su vida y en su enseñanza transmitida por la Palabra de Dios, particularmente en los Evangelios y también en los pasos que pasean las Cofradías por nuestras calles. También en nuestra conciencia, que es la voz de Dios. «La pasión del Señor nos basta para servir de guía y modelo de toda nuestra vida. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes. Si buscas ejemplo de amor: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los amigos; esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Si buscas ejemplo de paciencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte; si buscas ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, imita a aquel que es el Rey de reyes y Señor de señores en quien están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente dieron a beber hiel y vinagre» (Sto. Tomás de Aquino, Conferencia 6ª sobre el Credo).
«Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos. Todos estamos llamados a ser santos viviendo en el amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Eres casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común, renunciando a intereses personales» (Papa Francisco Gaudete et Exultate, 14). Santos son los padres que crían con amor a sus hijos, los hombre y mujeres que trabajan para llevar el pan a casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo. Esa es la santidad de la “puerta de al lado” de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios (Papa Francisco, ibidem, 7).
Vivamos santamente estos días santos e intentemos seguir a Jesús, el Santo entre los santos, porque esto es lo que debe definir nuestra vida cristiana, la de los que, por el Bautismo, hemos sido injertados en Cristo. Párate un poco, ora en silencio, medita, participa en las celebraciones de tu comunidad parroquial y expresa tu seguimiento de Jesús de Nazaret en pequeños gestos. «Aprovecha las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria» (Francisco, Ibidem,16).