+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
El día de la fiesta y solemnidad del Corpus, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, desde hace mucho está relacionada con Cáritas, la institución de la Iglesia Diocesana para expresar y canalizar el amor a los más pobres y necesitados de la sociedad. El lema y el logo que este año identifica la Jornada incluye un ojo grande y abierto, lleno de corazones y dos personas que se encuentran y el texto con que se titula este artículo.
Este texto me hace recordar una frase del libro de Saint Exupery, El Principito. En un diálogo muchas veces citado entre el zorro y el principito que dice así: “Adiós -dice el zorro. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Solo en el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial -repitió el principito- es invisible a los ojos para acordarse”.
Muchas interpretaciones se han hecho de esta frase como: la belleza está en el interior; prestar atención a las cosas pequeñas, la vida se compone de los más básico... Yo me permito aplicarlo hoy a la Eucaristía y a Cáritas.
La Eucaristía es el gran misterio y sacramento de la vida cristiana en la Iglesia. Es un signo o instrumento de la unión íntima con Dios y de Dios con nosotros y de la unidad de todo el género humano (Concilio Vaticano II, LG, 1). El Concilio lo aplica a la Iglesia como comunidad, pero la comunidad de los creyentes tiene una Cabeza, que es Cristo. Nosotros en la Eucaristía vemos con los ojos de la cara pan y vino, es verdad, pero es más que pan y vino. Es el mismo Cristo que está presente y se nos da como alimento y bebida para nuestra vida peregrina. Está su palabra, la misma que dijo a sus discípulos en la Última Cena: «Tomad y Comed, esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros... Esta es mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía» (I Cor 11, 11-25; Lc 22, 14-20; y paralelos).
Es la fe la que nos permite ver más allí y percibir, ver, barruntar la persona y obra total de Cristo en favor de los hombres. Ya lo decía Santo Tomás de Aquino en un Himno que se canta muchas veces en la Iglesia, el Pange Lingua. En una estrofa dice: «La Palabra es carne, y hace carne y cuerpo con palabra suya lo que fue pan nuestro. Hace sangre el vino y, aunque no entendemos, basta fe, si existe corazón sincero». Y en un Opúsculo, el 57, decía: «Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vida, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida». También lo insinúa un gran poeta español, aunque denostado por algunos incluso en su patria, Cádiz, José María Pemán; dice él en otro himno: «Como estás mi Señor en la Custodia igual que en la palmera que alegra el arenal, queremos que en el centro de la vida reine sobre las cosas tu ardiente caridad». El amor de Dios hace maravillas: el Hijo de Dios se hizo hombre, murió y resucitó y se ha quedado con nosotros por su Espíritu para siempre, entre otras realidades, en la Eucaristía.
Otra presencia que no es visible a los ojos sino con un corazón sincero y que sepa amarle en cada hombre o mujer, es el pobre, el descartado, el necesitado, el que sufre en el cuerpo o en el espíritu. Ya nos lo dejo Él: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los forasteros... conmigo lo hicisteis o tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25, 31-56).
Cáritas nos invita a mirar a las personas, al barrio o al pueblo, con los ojos de Cristo y asomarnos a su vida. Ver a las personas y su situación con un amor activo, Para eso hay que enfocar la mirada, no desviarla, no pasar de largo con lo hacían algunos en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37), ni desentendernos, ni protegernos, o pensar “ a mí qué”; “que se lo arregle él mismo, o el Estado o el Ayuntamiento”, sino colaborar, ponernos en su situación y actuar como desearíamos que lo hicieran con nosotros. «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (I Jn 3, 16-17). Nos dice Santiago: «¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?... Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y uno de vosotros le dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (San 2, 14-14).
Cáritas nos invita hoy y siempre a colaborar para crear oportunidades y así generar esperanza.