El Obispo

El Obispo

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo administrador apostólico de Palencia

¿Quién es el obispo? Porque muchos no saben quién es. Algunos, como me dicen, es el gobernador, el jefe, el dueño de los curas, que los manda, quita y pone como quiere, es el director general de una empresa que se llama iglesia y que tiene sucursales en las distintas parroquias. Pero no.

Es un hombre como los demás que necesita comer, dormir, beber, trabajar, descansar, relacionarse, que tiene también sus fallos y equivocaciones, pecador como todos etc., como los demás hombres. Tiene su carácter, su forma de ser, su historia, su familia como todos los demás. Como ser humano es frágil, mortal limitado, caduco, no es un super hombre, ni un dios, no es empresario, ni un...

Es un cristiano que ha recibido el gran don del bautismo, por el cual pertenece la comunidad de creyentes en Cristo; que, dentro de la Iglesia, ha recibido la vocación de servir, de ser diácono y de ser presbítero, es decir pastor de la comunidad cristiana. No por sus méritos o títulos, que los puede tener, sino por gracia, por don de Dios.

No es un honor, un título que lo eleve sobre los demás, sino una responsabilidad de servicio como el Señor lo hizo en la Última Cena, cuando lavó los pies a los discípulos y les dijo: «Os he dado ejemplo, para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 1-20). San Agustín lo resumía en esta frase: «Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación» (Sermón 340, 1).

El nombre viene del griego, de epíscopos. De la misma raíz de periscopio. El verbo scopeo significa mirar y el prefijo epi indica sobre, como en episcopio alrededor. Por la etimología es aquel que tiene una misión mirar por el bien de la comunidad a él confiada. Mirar como el padre y la madre miran por sus hijos, mirar como el pastor mira por las ovejas de su rebaño. Su referencia es el mismo Cristo, el obispo de nuestras almas, que es el pastor que canta el salmo 22, -aunque en algunos libros viene como el 23-. El pastor que se preocupa porque no falte nada a sus ovejas, el que las conduce a verdes praderas y fuentes limpias, para reparar las fuerzas; el pastor que las conduce por las sendas justas de la vida, incluso de noche y en medio en nieblas o por cañadas oscuras, el que prepara una mesa para alimentar y todo por amor, bondad y misericordia.

Es la presencia, eco, sacramento o signo e instrumento de Cristo, el único Buen Pastor (Jn 10, 1-18; Lc 15, 1-7) que defiende de los lobos, que nunca abandona, reúne, cuida, da la vida por las ovejas, las conoce, las llama por su nombre, las busca y carga sobre los hombros, que da vida y vida abundante. Tiene la misión de ser pastor que cuida a las enfermas, venda las heridas, robustece a las débiles, recoge a las descarriadas... pero por amor (Ez 34,1-31).

Alguno dirá: ¿cómo puede hacer todo esto? Con la fuerza del Espíritu Santo... con sus fuerzas, sabiduría, estrategias y tácticas no es posible.

¿Qué misiones o encomiendas tiene dentro del pueblo de Dios donde cada uno tenemos una misión, un carisma en bien los demás? Su misión es apacentar la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada, buscando la unidad de la fe y de la caridad con la colaboración de los presbíteros. No sólo, que no podría, sino con la colaboración de los sacerdotes y de otros cristianos, porque hay mucho que hacer (CD 11).

Fundamentalmente su misión es enseñar santificar, regir o gobernar y apacentar (CD 12-18). ¿Cómo lo hace? Enseñando, celebrando y sirviendo a sus hermanos, los cristianos de las diversas comunidades, parroquiales o de otro tipo como de vida contemplativa, de vida religiosa, etc. Para colaborar para el bien de la Iglesia universal, el obispo deberá ser efectivamente signo y promotor de la unidad de la propia iglesia, pero también mostrar solicitud por toda la Iglesia, promoviendo y defendiendo la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia. Su ministerio no queda reducido a los límites de una diócesis, sino que, como san Pablo, por pertenecer al colegio de los obispos, tiene preocupación por todas las Iglesias (Cfr. II Cor. 11, 28).