El obispo, maestro en la fe

El obispo, maestro en la fe

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo administrador apostólico de Palencia

Una de los servicios que debe prestar el obispo como presencia sacramental de Jesucristo es el ser maestro de la fe. Ya sé que la palabra “maestro” está devaluada en nuestra sociedad y se prefiere hablar de profesor, educador, etc. Pero en la Iglesia tiene la función de enseñar para mantener a la comunidad diocesana unida en la fe y en la caridad. Es verdad que el único Maestro es Jesucristo, y así es presentado en el Evangelio con el único y verdadero Maestro; por citar algunos pasajes releamos «Vosotros en cambio, no es dejéis llamar Rabí -Maestro- porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos... No os dejéis llamar Maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías» (Mt 23, 8-12). «Vosotros me llamáis Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13, 13- 16). Podía citar más pasajes, pero con dos basta.

En la comunidad cristiana, por tanto, todos somos discípulos del único Maestro y, como decía san Agustín, somos condiscípulos en la escuela del único Maestro (Sermón 270, 1). Es más. Jesús nos dice que, una vez ascendido Él a los cielos, el Espíritu es el que nos lo enseñará todo: «Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 25-26).

Pero Él ha querido que en la Iglesia haya ministros que proclamen la Palabra de Dios, la Buena Noticia o Evangelio que es el mismo Jesús. Entre ellos están los apóstoles y sus sucesores los obispos y sus colaboradores más directos, los presbíteros, los catequistas, todos los cristianos, para que seamos también maestros, o altavoces suyos (Ef 4, 11-16; I Cor 12, 27-31).

El Obispo, antes de hablar para que le escuchen, tiene que ser un oyente de la palabra, meditándola en su corazón como la Virgen María (Lc  11, 28) y enseñar con su vida, ser ejemplo con el testimonio de su vida, porque, como decía San Pablo VI, nuestro mundo cree más a los testigos que a los maestros: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN, 41).

La misión primera del obispo es orar y servir a la Palabra enseñando, ser predicador de la Palabra (Hech 6, 4) a los creyentes y a los no creyentes, al que quiera oír, siendo oportuno o importuno: «Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino, proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y aportando el oído de la verdad, se volverán a alas fábulas» (II Tim 4, 1-4).

Por descontado, el obispo no lo sabe todo y no puede enseñar de todo. Su campo es enseñar a los files y a los que quieran oír su voz lo que deben creer y hacer para gloria de Dios, bien propio y de toda la sociedad y de la salvación eterna. El Obispo ha de anunciar a Cristo y su Evangelio y anunciar también los principios morales del orden social, anunciando así la liberación auténtica del hombre, traída al mundo por Jesucristo. Es su oficio, por tanto, hablar también acerca de las realidades concretas de la vida, también de la política no partidista, sobre todo cuando concierne sobre el valor de la vida, el significado de la libertad, la unidad, la estabilidad de la familia, la procreación y la educación de los hijos, la contribución al bien común y al trabajo, el significado de la técnica y la utilización de los bienes materiales, la pacífica y fraterna convivencia entre los hombres y pueblos.

El Obispo lo hace por medio de la homilía en las celebraciones litúrgicas, las cartas pastorales, la catequesis y a través, si puede, de los medios de comunicación social, como la radio, la televisión, conferencias, y los nuevos medios de comunicación como Internet, X, Instagram, Facebook, etc.