Queridos lectores, paz y bien.
Celebramos hoy el último domingo del año litúrgico, de este año marcado por la esperanza, que lo comenzaba Francisco con su convocatoria jubilar, y lo continúa León XIV, alentándonos a vivir en búsqueda de paz y unidad. Y el último domingo presenta una portada muy solemne y muy concreta a la vez: la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Digo solemne por el título del día, y digo concreta, porque ese título, en latín “titulus”, es la cartela judicial con la que los romanos identificaron al reo crucificado en la colina llamada Gólgota, situada extramuros de la ciudad de Jerusalén. En tres idiomas, hebreo, griego y latín, Poncio Pilato señaló en torno de burla y provocación la identidad de aquel rabbí procedente de Galilea.
En efecto, en la celebración de Jesucristo Rey del Universo, en el evangelio de hoy proclamamos el pasaje de la crucifixión de Jesús. Y es que su realeza no se muestra en lo espectacular y asombroso según el modo humano de pensar. Cristo es rey desde la cruz porque ahí revela de forma admirable la misericordia de Dios y el proyecto salvador del Padre. Con Jesús llega el reino que conduce a una fraternidad universal, cuyas puertas se abren a fuerza de amor hacia los desheredados y crucificados de esta tierra encadenada, a fuerza de oración insistente al Padre, y a fuerza de anunciar y vivir la verdad del Evangelio. Este es el reinado de Jesús y se le descubre en medio de las burlas e insultos, en la debilidad de la cruz, se le proclama rey por el camino del perdón y de la fragilidad. Necesitamos que, en la oración, Dios nos regale nuevos ojos y nuevo corazón.
Justamente el próximo sábado celebraremos en el monasterio de Santa Clara, la consagración del Sagrado Corazón a España, y nuestro monumento al Sagrado Corazón que es nuestro Cristo del Otero. Ese corazón del que salen como unas llamaradas de amor, que tanto nos recuerdan al Espíritu Santo. El año pasado, el Papa Francisco había dedicado una encíclica al Corazón de Jesús, como respuesta a un mundo que él percibía como desangelado y descorazonado: «En este mundo líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad actual el ser humano corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo. El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva. Falta corazón».
Falta un líder, un verdadero Rey que ponga todo su corazón para rescatar al pueblo de la perdición. Y a ese rey de corazón atravesado miramos hoy, en este domingo, y como el buen ladrón desde su cruz, podemos escuchar una promesa inaudita: «hoy estarás conmigo en el paraíso». Nos recordaba en su escrito el Papa Francisco cómo San John Henry Newman tomó como lema la frase «Cor ad cor loquitur» (el corazón, al corazón habla), porque más allá de toda dialéctica, el Señor nos salva hablando a nuestro corazón desde su Corazón sagrado. Esta misma lógica hacía que para él, gran pensador, el lugar del encuentro más hondo consigo mismo y con el Señor no fuera la lectura o la reflexión, sino el diálogo orante, de corazón a corazón, con Cristo vivo y presente. Por eso Newman encontraba en la Eucaristía el Corazón de Jesucristo vivo, capaz de liberar, de dar sentido a cada momento y de derramar la verdadera paz al ser humano.
Una preciosa manera de concluir este año litúrgico podría repasar estos meses buscando si ha habido esos momentos donde he sentido la confidencia de un Corazón que no deja de hablarnos, que no se cansa de nosotros, que anhela estar hoy y aquí con nosotros, y tal vez hacer de ese encuentro un pequeño paraíso. En un tiempo que da culto al cuerpo, no estaría nada mal que demos culto al Corazón de quien es amor, que cultivemos la amistad con los prójimos, y que cultivemos ese silencio donde su Palabra se hace sentir: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Que tengas buen domingo.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia