Queridos lectores, paz y bien.
Llegó la pasada semana a mis manos un interesante artículo de Carlos Javier González Serrano, titulado “Cuando la fe es síntoma: Dios como conducta compensatoria”, que me ha dado que pensar. Es un artículo de trazo fino, que no de brocha gorda, que se adentra en esta espinosa cuestión: si en nuestra sociedad de consumo, hasta de la religión y de Dios hacemos un producto. Y este pensamiento me recuerda otro argumento del siglo XIX: Dios no ha sido quien nos ha creado a nosotros, sino que ha sido el propio ser humano quien lo ha concebido, lo ha creado. Así argumentaba el padre de todos los ateos modernos, Ludwig Feuerbach.
¿Quién no necesita una deidad de emergencia cuando todo alrededor es ruido, vaciedad, carencia? «Por supuesto que el resurgir que parece experimentar la fe (y lo religioso) podría ofrecer un atisbo de reorientación social en nuestra mirada, siempre que no se reduzca a un dispositivo privado o individual de autorregulación emocional (“rezaré por ti”, “que Dios te ayude”) y llegue a transformarse en una vía de vinculación significativa con el otro y con lo Absolutamente Otro, es decir, con Dios. No trato de desprestigiar la vía religiosa o espiritual, sino de desprivatizarla y de rescatar y reconquistar su vertiente genuinamente política, intersubjetiva, comunitaria, social. Que lo divino se transforme en un mecanismo terapéutico impide que el Misterio se habite en común».
Los dos cánceres que generan auténticas metástasis en el cuerpo de la sociedad occidental son el individualismo y el consumismo, y orillan a la Iglesia a conformarse como un residuo consolador y de alivio. La ambigüedad de la religión consiste en eso, ser usada como una espiritualidad de autoayuda, o una pseudoterapia anestesiadora.
Continúa nuestro autor: «no se puede culpar a quien se aferra a un dios de neón cuando todo alrededor parece ser oscuridad. Ha sucedido desde los albores de la historia. Ni puede extrañarnos que tantas personas quieran encontrar en lo pseudorreligioso un alivio para la intemperie en la que existimos: cuando lo único que se habita es un yermo páramo de vacua estimulación, dolor emocional e hiperexigencia, cualquier promesa de calma resulta ansiolítica y consoladora, trascendente incluso. Literalmente, se nos abre el cielo. En medio del estruendo, cualquier silencio parece milagroso. Lo preocupante no es esta búsqueda, sino que el sistema productivo la haya convertido, una vez más, en mercancía».
Y ante esta línea tan provocada e incluso auspiciada ahora por nuestro entorno cultural, conviene vigilar: «La industria del consuelo prospera en todas sus formas porque la soledad y el aislamiento son estructurales. Ahora bien, lo que se busca no es a Dios, sino tener un respiro en medio del hay-que-seguir. ¿Quién no necesita una deidad de emergencia cuando todo alrededor es ruido, vaciedad, carencia? Y entonces se nos ofrecen formas para domesticar nuestro vacío. Reza. Hay-que-seguir. No es Dios quien falta -siempre está-, sino los rostros, nuestros rostros. El imperio de lo sagrado comenzará cuando no evitemos la mirada del otro. Y, entonces, juntos, elevar la mirada hacia el Cielo».
El Documento final del Sínodo, en el nº 34 dice así: «“La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental”. Una Iglesia sinodal se caracteriza por ser un espacio donde las relaciones pueden prosperar, gracias al amor mutuo que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos (cf. Juan 13,34-35). Dentro de culturas y sociedades cada vez más individualistas, la Iglesia, “pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4), puede dar testimonio de la fuerza de las relaciones fundadas en la Trinidad. Las diferencias de vocación, edad, sexo, profesión, condición y pertenencia social, presentes en toda comunidad cristiana, ofrecen a cada persona ese encuentro con la alteridad indispensable para la maduración personal».
Comenzamos hoy el Adviento, tiempo de espera, de salir al desierto, de vigilar, de otear el horizonte. El Señor viene, lo hará al final de los tiempos, y anticipará su venida en la visita de cada hermano y hermana que se acerque, se aprojime (aproxime) a nosotros. Toca elegir entre una fe que es síntoma ambiguo de consumo individual, o es la que teje comunidad y vínculos desde Dios, con uno mismo, con los demás y con la creación. Que tengas un Santo Adviento.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia