Queridos lectores, paz y bien.
El tiempo de Cuaresma, es para los hijos de la Iglesia una invitación explícita para resetear nuestro GPS, que se desconfigura cuando en nuestra navegación, entramos en zona donde no hay conexión. Como nos sucede con la conducción cuando ponemos un navegador, avanzamos sin ver las señales que nos da el camino, y conducimos mirando de reojo la pantallita del móvil o del coche que nos marca el camino en un mapa virtual.
La ventaja de apoyarnos en la tecnología es patente, pero requiere ser completada y juzgada desde lo que nuestros ojos nos muestran. Si la carretera se termina, o está cortada por una inundación, o por un árbol, no es sabio preferir la ruta del aparatito a las evidencias que nos dan nuestros propios sentidos. Los cristianos no formamos parte de una institución estática referenciada sólo por el patrimonio heredado.
Los cristianos avanzamos en un camino inédito hacia la Tierra Prometida, y haremos bien en no fiarnos de las coordenadas que nos ofrecen las multinacionales al servicio del dinero, del poder en el oprimente marco de lo políticamente correcto. El Evangelio es un navegador fiable, y seguir sus indicaciones nos saca del laberinto pegajoso del individualismo y de la sociedad diseñada para consumirnos. En la diócesis nos hemos embarcado en diseñar un nuevo itinerario que nos haga una Iglesia formada por discípulos misioneros. Y hoy quiero detenerme en nosotros, los pastores a quienes Jesús nos encomienda el cuidado de la fe y esperanza de todo el pueblo de Dios.
El Papa León XIV da unas preciosas claves a los sacerdotes de Madrid: «En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo. Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia». Es decir, Jesús siempre va por delante de nosotros, y de lo que se trata es de seguir sus huellas, que justamente nos llevan a terreno abierto, nunca al repliegue y menos a la retirada.
Continúa el Papa: «Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid -y la Iglesia entera- en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico -ser alter Christus-, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas». Para que todo cristiano sea Cristo en medio del mundo, los pastores hemos de seguirle, como los apóstoles, inmediatamente y dejándolo todo. Sólo así seremos representación suya y no impostores, sí administradores y no patronos.
En reuniones que mantengo con los curas palentinos estamos leyendo otro precioso documento del Papa, titulado Una fidelidad que genera futuro. De él entresaco este párrafo: «En cualquier situación, los presbíteros están llamados a dar una respuesta eficaz, mediante el testimonio de una vida sobria y casta, al gran anhelo de relaciones auténticas y sinceras que se encuentra en la sociedad contemporánea, dando testimonio de una Iglesia que sea ser fermento eficaz de los vínculos, las relaciones y la fraternidad de la familia humana, capaz de alimentar las relaciones: con el Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades, entre todos los cristianos, entre los grupos sociales, entre las religiones. Para ello es necesario que sacerdotes y laicos, todos juntos, realicen una verdadera conversión misionera que oriente a las comunidades cristianas, bajo la guía de sus pastores, al servicio de la misión que los fieles llevan a cabo en la sociedad, en la vida familiar y laboral». Nada de repliegue o perplejidad, por mucho que se empeñe el GPS.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi
Obispo de Palencia