Comunidades para tiempos nuevos

Comunidades para tiempos nuevos

Queridos lectores, paz y bien.

La semana pasada, comencé una serie de artículos centrados en la conversión pastoral, y la dediqué a los sacerdotes. Hoy quiero dirigir mi mirada a todo el pueblo de Dios. Lo hago apoyándome en el estupendo artículo de mi amigo Tote Barrera, cuando la pastoral depende de héroes”, publicado por Religión en libertad. Es muy habitual que en nuestras diócesis busquemos métodos y fórmulas de éxito para sacar a nuestras pastorales de sus inercias rutinarias y de su aparente esterilidad. Y en muchos sitios se tiende a replicar lo que otros hacen y parece que funciona. Como suelo decir, preferimos la magia a los milagros.

Tote acierta cuando dice que «quizá el problema no estaba en el método copiado, sino en la estructura invisible que lo sostenía. Porque lo que muchas veces admiramos no es un programa, sino una cultura. Y la cultura no se importa ni se improvisa; se construye lentamente, se transmite, se institucionaliza sin perder el fuego». Con ello quiero subrayar que nada sustituye a la oración paciente y al trabajo tenaz. Sólo da frutos duraderos un tejido comunitario basado en la vocación de cada uno, que se lanza a su misión en el mundo.

Cuando descubrimos fórmulas de éxito, «en no pocos casos, lo que existe es entusiasmo. Mucho entusiasmo. Personas generosas, disponibles, entregadas. Sacerdotes y laicos que lo dan todo durante un tiempo, que sostienen la misión con su propia energía y que compensan con sacrificio lo que falta en organización. El problema es que el entusiasmo, por sí solo, no genera continuidad ni crea cultura estable; no suele sobrevivir ni al cansancio acumulado ni al inevitable relevo de personas. Cuando no hay procesos claros, responsabilidades compartidas y visión común, el entusiasmo se convierte en una fuerza de desgaste que produce picos intensos y luego largos valles, momentos que parecen Pentecostés seguidos de etapas de agotamiento silencioso».

Y es que el problema no es el entusiasmo. El problema es pensar que el entusiasmo basta y que la pasión de unos pocos puede sustituir indefinidamente a una arquitectura comunitaria sólida. El entusiasmo necesita cauce; si no lo tiene, termina evaporándose o arrasándolo todo.

El problema no es que queramos sacerdotes santos y competentes. Ellos son necesarios para que haya vida cristiana: hombres a través de los cuales Cristo sigue partiendo el pan, perdonando pecados, convocando a la comunidad, alentando carismas, discerniendo ministerios... «El problema es que, sin quererlo, hemos asumido un modelo pastoral que necesita superhombres para funcionar. Y cuando un sistema necesita héroes permanentes para sostenerse, está confesando su fragilidad estructural. Si todo depende de la fortaleza, carisma y resistencia de uno solo, no estamos ante una comunidad madura, sino ante una dependencia encubierta».

Hablamos mucho de corresponsabilidad y sinodalidad, y es lo que realmente nos pide el Espíritu, pero «en la práctica seguimos reproduciendo un esquema donde uno decide, uno impulsa y uno sostiene. La sinodalidad se reduce a consulta ocasional y la corresponsabilidad se convierte en delegación de tareas, no en verdadera participación en la misión. El heroísmo constante, aunque bienintencionado, puede generar infantilismo estructural, porque libera a los demás de la exigencia de crecer y asumir su parte». Las comunidades para estos tiempos nuevos requieren hijos e hijas, no nietos. Dios no es un abuelo, es el Padre de todos. No hay segundas filas en la Iglesia católica del siglo XXI. Y esto lo están entendiendo los jóvenes.

La reforma de la Iglesia supone ser originales, es decir, ir al origen, releer los Hechos de los Apóstoles. «Pentecostés no eliminó la necesidad de ordenar la vida comunitaria; la hizo más urgente. Cuando una parroquia está bien estructurada, el traslado del párroco no supone empezar desde cero; cuando una comunidad tiene procesos claros, la marcha de un líder no paraliza la misión; cuando existe cultura discipular, el relevo no es trauma sino continuidad. Eso no elimina el carisma; lo protege. No apaga el Espíritu; lo honra».

Porque el Reino de Dios no se apoya en superhombres, sino en un cuerpo donde cada miembro asume su parte bajo el señorío de Cristo. Y cuando la pastoral deja de depender de héroes y empieza a apoyarse en comunidades realmente corresponsables y sinodales, entonces -y solo entonces- empieza a parecerse un poco más a la Iglesia que el Espíritu quiso suscitar desde el principio. Como Cuerpo suyo, los fieles laicos hacéis presente y operativo a Jesucristo y el Reinado de Dios en este mundo. Los sacerdotes nos tenemos que ceñir a hacer sacramentalmente presente a Cristo Cabeza y Pastor, los diáconos a Cristo Siervo. Los consagrados y consagradas a Cristo Esposo. Armonía y belleza de unas comunidades para tiempos nuevos.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia