Vida consagrada para tiempos nuevos

Vida consagrada para tiempos nuevos

Queridos lectores, paz y bien.

Continuamos nuestra andadura cuaresmal, y en esta página sigo haciendo un recorrido por las diferentes expresiones vocacionales que brotan del Bautismo. Hoy os invito a agradecer y bendecir a Dios por las variadas formas de vida consagrada que colorean nuestra diócesis, y que son un regalo del Espíritu. Así dice el Documento Final del Sínodo: «En la comunidad cristiana, todos los bautizados están enriquecidos con dones para compartir, cada uno según su vocación y condición de vida. Las diferentes vocaciones eclesiales son, de hecho, expresiones múltiples y articuladas de la única llamada bautismal a la santidad y a la misión. La variedad de carismas, que tiene su origen en la libertad del Espíritu Santo, tiene como finalidad la unidad del cuerpo eclesial de Cristo y la misión en los diversos lugares y culturas».

A su vez, el Sínodo de la Sinodalidad aboga por la armonía de todas las expresiones carismáticas que hay en la Iglesia. Hay que evitar, por una parte, la uniformidad en la Iglesia, y por otra parte la separación. Seguimos leyendo en el documento sinodal: «Estos dones no son propiedad exclusiva de quienes los reciben y ejercen, ni pueden ser motivo de reivindicación para sí mismos o para un grupo. Están llamados a contribuir tanto a la vida de la comunidad cristiana, como al desarrollo de la sociedad en sus múltiples dimensiones, mediante una adecuada pastoral vocacional». La Iglesia palentina agradece y necesita la aportación original de cada una de las expresiones de la vida consagrada. La vida monástica, religiosas y religiosos dedicados a la enseñanza, a los enfermos, a los ancianos, misioneros, a los pobres, suponéis un maravilloso contrapunto y complemento a todas las realidades laicales y seculares.

No todo en la vida ha de tener la lógica de la eficacia, sino que la vida humana reclama la radicalidad del nuevo mundo que ya comienza con la Resurrección de Cristo. Los tres consejos evangélicos resultan hoy profecía del Reino para quienes nos movemos en el mundo. Así, el matrimonio y el celibato muestran dos maneras complementarias de vivir el amor humano, la autonomía y el voto de obediencia muestran distintas facetas de la libertad, y el bienestar y el voto de pobreza se complementan para abogar por una vida sencilla y austera.

En estos tiempos en los que el Papa León XIV nos invita a releer el Concilio Vaticano II, propongo repasar lo que dice el decreto Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa. Frente a la hipersexualización culturalmente instigada: «La castidad por el Reino de los cielos, que profesan los religiosos, debe ser estimada como un singular don de la gracia. Ella libera de modo especial el corazón del hombre para que se inflame más en el amor a Dios y a todos los hombres, y es, por lo mismo, signo peculiar de los bienes celestiales y medio aptísimo para que los religiosos se dediquen con alegría al servicio divino y a las obras de apostolado. Evocan así ellos ante todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio instituido por Dios y que habrá de tener en el siglo futuro su plena manifestación, por el que la Iglesia tiene a Cristo como único Esposo».

Ante la obsesión por el consumo y la esclavitud por los bienes materiales: «Cultivan con diligencia los religiosos y, si es preciso, expresen con formas nuevas la pobreza voluntaria abrazada por el seguimiento de Cristo, del que, principalmente hoy, constituye un signo muy estimado. Por ella, en efecto, se participa en la pobreza de Cristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza».

Frente al individuo atrapado por el narcisismo y la soledad: «Los religiosos por la profesión de la obediencia, ofrecen a Dios, como sacrificio de sí mismos, la consagración completa de su propia voluntad, y mediante ella se unen de manera más constante y segura a la divina voluntad salvífica. De ahí se deduce que siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino a cumplir la voluntad del Padre, “tomando la forma de siervo”, aprendió por sus padecimientos la obediencia, los religiosos, movidos por el Espíritu Santo, se someten en fe a los Superiores, que hacen las veces de Dios, y mediante ellos sirven a todos los hermanos en Cristo, como el mismo Cristo, por su sumisión al Padre, sirvió a los hermanos y dio su vida por la redención de muchos. De esta manera se vinculan más estrechamente al servicio de la Iglesia y se esfuerzan por llegar a la medida de la edad que realiza la plenitud de Cristo». Queridos hermanos y hermanas consagradas en totalidad al Señor, seguid siendo la poesía de Dios para su Iglesia y para el mundo. Gracias porque nos ayudáis a todos a estar en el mundo sin ser del mundo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia