Resucitó de veras nuestra fe

Resucitó de veras nuestra fe

Queridos lectores, paz y bien.

“Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado”. Así cantan hoy en su hermosa liturgia nuestros hermanos de las distintas iglesias ortodoxas. Así lo proclama Pedro a aquellos romanos que vivían en Cesarea Marítima en casa de Cornelio. «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él... Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado». Aquellos paganos acogieron su anuncio y lo transmitieron a su vez a otros.

Unos años después Pablo hará lo propio con la comunidad de Corinto y tantas otras de oriente: «si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación». Aquella pequeñísima comunidad del siglo I, “viralizó” ese mensaje cumpliendo, encarnando esas palabras, mostrando que sólo el Evangelio trae vida y salvación para todos.

Hoy nos toca a nosotros recoger el testigo y pasarlo a cuantos nos han pedido el bautismo, y a cuantos lo harán los próximos años. Porque, en definitiva, en la Iglesia se trata de eso, porque existe para evangelizar, transmitir la alegría que irradia un sepulcro vacío, y anuncio de un ángel del Señor a dos mujeres: «vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: HA RESUCITADO».

Durante esta semana hemos buscado con la mirada al sentenciado, al flagelado, al cargado con la cruz, al finalmente crucificado, al descendido de la cruz y al sepultado. Hoy consumamos esa contemplación, o de lo contrario todas las celebraciones de la Semana Santa habrán sido en vano.

Esta semana me he animado a escribir una carta pastoral de Pascua, que he titulado “Puentes de misericordia”. Con ella he querido recordarme y recordaros cómo toda la iniciativa de nuestra salvación proviene de Dios Padre, que es quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo. Desde ahí es desde donde las comunidades cristianas y cada uno de sus miembros somos verdaderos puentes de vida y salvación para los demás.

En la síntesis de las aportaciones de la diócesis para la Asamblea Eclesial de la Iglesia en Castilla que se celebrará el mes que viene, todos los grupos consultados han remarcado cómo «el encuentro personal y comunitario con Jesucristo es el punto de arranque de cualquier proceso de renovación». También han señalado que «antes que cualquier cambio estructural, los grupos reclaman un cambio de mentalidad en sacerdotes y laicos que apueste de verdad por este nuevo estilo (sinodal y misionero)».

Continúo comentando la cita de Pablo: «si alguno está en Cristo, es una criatura nueva». Pablo resucitó en su fe al encontrarse con Jesús. Justamente por eso su vida fue esperanzadora y muy luminosa. De inicio puede parecer que hablar de cambio y de novedad es algo positivo y hasta agradable. Pero si somos sinceros, hemos de tener la honestidad y el coraje de reconocer que la novedad implica incomodidad e incertidumbre, y más para un modo de ser cristianos que se había vuelto a veces rutinario, rígido, cerrado. Por naturaleza nos resistimos a lo que nos es desconocido.

Sólo salimos del atolladero de nuestra atonía si acogemos con espíritu abierto y humilde aquí y ahora lo que Jesús resucitado dice a María Magdalena y a la otra María: «no tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Ellas lo hicieron y fueron apóstoles de los apóstoles. Hoy el eco del que verdaderamente ha resucitado renovará el mundo. Porque el Espíritu nos está inspirando en estos momentos que seamos creativamente fieles y fielmente creativos para cumplir la misión que nos dejó el Señor: «id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

Decía Charles de Foucauld: «Dios es feliz y ha resucitado por mí». Se nos abre un horizonte inédito, estamos apenas estrenando el cristianismo. Siempre lo dijo San Francisco de Asís: «apenas hemos comenzado». No tiene sentido mirar hacia atrás si no es para hacer memoria de lo que comenzó en Galilea. Dios existe en el presente, aquí mismo, en cada uno, para todos. Se nos abren cincuenta días anuncio y esperanza, de comunidad y de vida. Estamos comenzando, somos puentes, muchos nos esperan. Porque verdaderamente ha resucitado.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia