Ser personas de Pascua (I)

Ser personas de Pascua (I)

Queridos lectores, paz y bien.

Un grito atraviesa las iglesias cristianas por los cinco continentes, tanto las católicas, como las evangélicas y las ortodoxas. Decenas de miles de catecúmenos se bautizaron en la Vigilia Pascual, y celebrarán durante siete domingos la belleza y la verdad de una fe que no es una mera mística, o una moral, o una filosofía. Es más, infinitamente más. Es Jesús resucitado que vuelve a poner en pie definitivamente a su comunidad golpeada por su crucifixión. Me pregunto cuántos experimentamos, celebramos y vivimos esto.

Porque tal vez una de las rémoras que más lastran a nuestra Iglesia católica occidental es la débil vivencia de la resurrección de Cristo tanto personal como comunitariamente. La fe de la Iglesia tenía un firme soporte social en la época de la cristiandad, y una vez desaparecido el mutuo andamiaje en el que se sostenía la sociedad y la Iglesia, ésta ha tenido que aprender a vivir en una libertad y una intemperie nuevas. La llamada modernidad tenía un aspecto positivo, que consistía en la superación de los estados confesionales, en los que el poder tutelaba la religión.

Gracias a que la Iglesia celebró el Concilio Vaticano II (1962-1965), hizo una relectura nueva acerca de la identidad de la fe y su lugar en el mundo, en nuestro mundo. Hoy, el reto viene más bien del retorno de lo religioso, y la tarea de los creyentes consiste en realizar una nueva síntesis en la de la espiritualidad cristiana sea encarnada y verdaderamente profética. Celebrábamos el domingo pasado la Resurrección del Señor, y los creyentes tenemos nada menos que cincuenta días para incorporarnos a la nueva vida que Dios Padre nos ha dado por medio de su Hijo Jesucristo en el Espíritu.

Como pastor de la Iglesia católica en Palencia, sueño con que nuestra vivencia de fe, de esperanza y de amor sean cada vez más genuinas, más gozosas, más transformadoras. Las comunidades cristianas estamos discerniendo a través del Sínodo el modo de purificar nuestra vivencia de fe para transmitir el fuego del Amor de Dios, no las cenizas que otros fuegos han ocasionado en el pasado. Hoy ser católicos requiere ir a lo esencial, eliminar aspectos accesorios y rutinas, y recuperar el aliento que Jesús nos trae hoy.

Una buena síntesis de lo que es nuestra fe nos la regaló el Papa Benedicto XVI en su primera carta en cíclica, Deus caritas est, que comenzaba justamente así: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él».

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf. 3, 16)”.

Estos cincuenta días de tiempo pascual, no han de ser como una resaca tras la intensidad de la Semana Santa, sino su continuación y su consumación. Porque precisamente lo mejor de ser católicos es la cosecha, el fruto madurado, el cáliz de la Alianza que bebemos juntos, la confidencia del Resucitado que te dice: “paz a vosotros”, “no tengáis miedo”, “alegraos”, “soy yo”, “recibid el Espíritu Santo” y “llevad mi perdón”, anunciad”.

En su genuino realismo, el Evangelio no trata de maquillar la historia. Reconoce que desde el principio había desconexiones y abandonos de la comunidad. Tomás nos representa en ese sentido a todos. Paradójicamente, nos es más sencillo vivir las penas de los otros que sus alegrías. Miles de personas se conmueven y lloran por las calles con el flagelado, el que carga con la cruz, con el traspasado por la lanza, el descendido y el sepultado en un sepulcro nuevo: en definitiva, con Cristo crucificado.

Hoy se trata de hacer experiencia del Cristo vivo, del que nos emplaza cada ocho días a estar con Él. Dios es feliz y anhela que nos encontremos con su Hijo, a quien nos ha devuelto resucitado. Tenemos otras seis semanas para acogerlo con su Espíritu. ¡Feliz Pascua!

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia

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