Construir la civilización del amor

Construir la civilización del amor

Queridos lectores, paz y bien.

La visita a España del Papa León XIV ha calado hondo en el corazón de los creyentes y en otros muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Cada uno de sus gestos y palabras ha tocado el corazón de cuantos hemos estado presentes en sus actos y en quienes lo seguían por la televisión y las redes sociales. Considero que ha cumplido su misión de confirmarnos en la fe, y también de sembrar humanidad en una sociedad tan deshumanizada como la nuestra. En su encíclica Magnifica humanitas tiene un apartado que lleva como título “Construir la civilización del amor”, y puedo decir que a ello se ha dedicado con pasión y sabiduría estos días.

En efecto, afirma en su carta encíclica: «Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado “todo poder en el cielo y en la tierra”» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva. Y creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32). Mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra. Con las palabras del profeta: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no os dais cuenta?» (Is 43,19).

Cada uno de sus encuentros con los más vulnerables ha confirmado lo que dice en su carta pastoral: «Una lectura atenta de la historia lo confirma. Incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La memoria de los santos y de los justos, de los constructores de paz a menudo olvidados, muestra que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien. Los cristianos ven las tinieblas y las llaman por su nombre, pero no se quedan paralizados contemplándolas: conocen la luz y saben que las tinieblas no la recibieron y no pueden vencerla (cf. Jn 1,5). Por eso, sirven al bien incluso donde el dolor parece tener la última palabra, sostenidos por una esperanza teologal que da a la realidad un horizonte y una dirección». Lo vimos en Cedia 24 horas (Madrid), en Brians 1 y el Rabal (Barcelona) y en Arguineguín (Las Palmas).

El Papa ha plantado cara a la mentira, a la injusticia, a la violencia, y nos interpela de una manera directa. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí -no en otro lugar- está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza -aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio-; o si promueve la lógica de la paz -con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado-. Más allá de la emoción de tantos momentos, debiéramos plantearnos en qué sus palabras nos interpelan y nos llaman a un cambio de vida.

Uno de los detalles que me han sorprendido muy gratamente de su encíclica, es su alusión a “El Señor de los Anillos”, tan magníficamente llevado al cine. Dice así León XIV: «Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (n. 213).

El texto va en la misma línea de lo que el Papa dijo a don Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, que ahora toda la emoción vivida hay que hacerla virtud, y acción. El mundo cambia con esa suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que como los hobbits de “El Señor de los Anillos”, son capaces de sobreponerse a la adversidad y a los poderes oscuros. La resignación es la única virtud que no es cristiana, y luchar es nuestra única opción cuando tantas víctimas gimen bajo el peso del pecado personal e institucionalizado. El Papa ha dejado una España mejor de la que se encontró. Ahora nos toca a nosotros limpiar la tierra y cultivar lo sembrado. El Rey retornará y nos pedirá cuenta de la cosecha. Buen domingo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia