Homilía en el Viernes Santo 2018

«Mirarán al que traspasaron» (Jn 21, 37). San Pablo, al final de su carta a los Gálatas nos escribe con letras grandes y de su propia mano: «En lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestra Señor Jesucristo» (Gal 6, 14). El autor de la Carta a los Hebreos nos invita tener los ojos fijos en Jesús, el que inició y completa nuestra fe, «quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Hebr 12, 2 y 3).

Dentro de poco un cantor nos invitará por tres veces diciendo: «Mirad el árbol de la cruz, donde estuve clavada la salvación del mundo». Y cantaremos: «Venid, adoradlo».

A eso os invito y me invito yo, a mirar a Cristo en su pasión y en la cruz y a poner en el que está clavado en ella nuestra gloria, nuestra vida y esperanza y a adorarlo.

Hemos escuchado una vez más este relato de la pasión según el Evangelio de San Juan. En este relato aparecen muchas personas: los discípulos, Pedro, Judas, el pueblo de Jerusalén, las autoridades judías, Anás, Caifás, Pilato, Pedro, los soldados, las mujeres discípulas, María, la Mujer y Madre, el discípulo amado, José de Arimatea...

Pero miremos a Jesús, el Hijo de Dios, que culmina su misión, la que había recibido del Padre: ser el Mesías, ser la Palabra encarnada que habita entre nosotros, ser Luz, ser Puerta del aprisco, ser el Buen Pastor, ser Cordero que quita el pecado, ser el Camino, la Verdad y la Vida, revelar al Padre, dar el agua del Espíritu, ser el Pan de la Vida, entregar su vida por amor para poder recuperarla, ser la resurrección, reunir a los hijos de Dios dispersos, ser el dador del vino mejor, dar a los hombres y mujeres que creen en él la capacidad de llegar a ser hijos de Dios, ser el Rey de los judíos y del universo, ser el templo nuevo, el Esposo, el lleno de gracia y de verdad... Por todo esto lo rechazarán las autoridades tanto judías como romanas y lo condenarán a una muerte y muerte de Cruz.

Jesús lo afronta todo por amor, un amor extremo, hasta el fin, hasta dar la vida por sus amigos, un amor loco, la locura del amor, sin medida, porque la medida del amor es amar sin medida (San Agustín). Amor al Padre en obediencia fiel y amor a los hombres en entrega total y absoluta. Todo esto lo realiza en plenitud con su pasión y muerte.

En este relato cómo se destaca su dignidad, su grandeza, su soberanía, su magnanimidad; qué señorío, qué valentía, qué sinceridad, qué humanidad- He aquí al Hombre-, qué entrega, qué inocencia, qué misericordia, qué perdón, qué cariño y preocupación por los suyos, para que no se pierda nada ni nadie... qué amor.

¿Cómo responder? Adorándolo.

Adorarlo es gloriándonos en él y en su cruz. Dejémonos mirar por él. Dice el poeta: Por descubrirte mejor/ cuando balabas perdida/ dejé en un árbol la vida/ donde me subió el amor;/ si prenda quieres mayor/ mis obras hoy te la dan. (Góngora). La eucaristía es la gran obra, memorial de su pasión, donde el pastor se hace pasto también.

Admiremos siempre. Dejemos que nos toque el corazón, las fibras más íntimas del alma. No nos acostumbrarnos, no trivialicemos la Pasión en cruz. Digamos con Pablo: Me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20).

Adorarlo con gloria es reconocer que es Dios; démosle gracias, alabémosle, bendigámosle.

Adorar a Cristo y gloriarnos en Él es unirnos a Él: dejarnos abrazar por Él. Él nos ha amado primero dejémonos llevar por Él en sus hombros. Es vivir en la fe del Hijo de Dios (Gal 2, 20) en la comunidad eclesial sin que nadie ni nada nos aparte de su amor. Es ponerle en la cumbre de nuestras alegrías. Unirnos a Él es acoger al Espíritu Santo y dejarnos guiar por él.

Adorar a Cristo y gloriarnos en Cristo crucificado es Imitar su amor, su entrega, ser reflejo de su obediencia al Padre, seguirle a él siempre amando como él, sirviendo como él, Seamos como María, hombres y mujeres capaces de acoger en nuestras entrañas de misericordia a todos los hombres por quienes él se entregó. Es vivir para Dios y para los demás. Es tener sus mismos sentimientos y actitudes. Es orar por todos los hombres, nuestros hermanos, especialmente los que más sufren y participan más duramente de las astillas de la cruz de Cristo.

Adorémosle y gloriémonos en la cruz de Cristo y en el Cristo de la Cruz siendo testigos con palabras y obras de Él, el único salvador de cada hombre, de la humanidad y de la historia.