Homilía de Mons. Mikel Garciandía Goñi, obispo de Palencia, en el funeral por el eterno descanso del Papa Francisco. Celebrado en la Catedral de Palencia el 29 de abril de 2025.
Queridos hermanas y hermanos laicos, consagrados, presbíteros y diáconos. Estimadas autoridades locales, provinciales y regionales.
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte,
contemplando, cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando.
Tuve la fortuna de escuchar al mismo Papa Francisco recitar estos versos en una audiencia que concedió a las diócesis de Burgos, Soria y Palencia hace unos meses. Y le recordé más tarde la autoría de Jorge Manrique, cristiano paredeño, de nuestra diócesis palentina.
Nuestro querido Papa Francisco entregó su último aliento al Señor el pasado lunes, al inicio de la Octava de Pascua. Hoy nos toca rezar por él, agradecer su legado y honrar su memoria, como cristianos católicos, que hemos acogido su enseñanza estos años. Y también como ciudadanos de esta casa común por la que él tanto luchó bendecimos a Dios por su legado y por dar voz a tantos hombres y mujeres sin voz que hay en nuestro mundo.
Hoy tenemos como Palabra que nos alimenta dos textos maravillosos: en el Evangelio, el diálogo de Jesús con Nicodemo: «te lo aseguro: tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». Jesús habla a un maestro de la ley bloqueado ante lo que ha escuchado y visto de Jesús, y que es incapaz de comprender. Jesús le habla en la quietud y en la intimidad de la noche y le anima a que dé el salto liberador y salvador.
Nacer de nuevo, nacer del Espíritu. El pasado 24 octubre, Francisco nos regaló una carta encíclica sobre el corazón de Jesús, y en ella denunciaba a un mundo que ha dado la espalda a lo más humano de nosotros mismos, y proponía al Señor como hombre nuevo, que nos regala su Espíritu, y que es capaz de hacernos nacer al Reino de Dios:
«En este mundo líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad actual el ser humano “corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo”. [...] “El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva”. Falta corazón». (Dilexit nos, 9.)
Falta corazón, falta un amor capaz de sacrificarse hasta el punto de perderlo todo para que los demás lo ganemos todo. Sigue diciendo Jesús en el Evangelio:
«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna». Nosotros alabamos, elevamos, adoramos al único que ha ascendido a lo más alto, porque ha sido abismado hasta el fondo por nuestro pecado. Creer en Jesucristo supone acceder a la Vida.
Un apagón cultural
Ayer vivíamos un inquietante episodio, que hizo tambalear por un momento, las certezas y logros sociales, que damos por obvios y descontados en nuestra sociedad del bienestar. Nos quedamos a media luz, y hoy quiero citar lo que nos decía el Papa Francisco en su primera encíclica, escrita a cuatro manos con su antecesor, Benedicto XVI:
«Es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro “yo” aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas». (Lumen fidei, 4)
El otro texto que hoy nos presenta la liturgia es el de la lectura continuada del libro de los Hechos de los apóstoles: es uno de los más estimulantes y esperanzadores y nos concreta dónde podemos encontrar esa luz de la fe: «en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía». Un solo corazón, una sola alma, un pueblo, el de Dios, un cuerpo, el de Cristo, un templo, el del Espíritu. Los cristianos no hemos de buscar el lucimiento, sino el alumbramiento, no brillar, sino reflejar, no seducir, sino señalar. Y esta es la enseñanza de la Iglesia, de la Tradición y del Magisterio para todos nosotros.
Buena Noticia, Evangelio, Alegría. Este es el núcleo que Francisco quiso poner en el centro de su enseñanza. Alegría del Evangelio, Evangelii gaudium. Cito:
«El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: “Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo” (9, 2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: “¡Dad gritos de gozo y de júbilo!” (12, 6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén” (40, 9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: “¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido”» (49, 13).
Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (9, 9). Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (3, 17).
Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien [...] No te prives de pasar un buen día» (Si 14, 11. 14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras! El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría». (Evangelii gaudium, 4-5).
«Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno».
Francisco se dedicó en cuerpo y alma a llevar a nuestras comunidades actuales a su origen, a su frescura, a su entraña. Honremos su memoria orando discerniendo, luchando por cuanto Dios nos quiere regalar hoy a cada uno de nosotros. Y pidamos para que el siguiente obispo de Roma, acierte en guiar a toda la Iglesia en su tarea de proponer a nuestro mundo de hoy a Jesús, el Cristo, como Salvador y Señor de la historia.
Ante esta imagen de la Virgen Salus populi romani, hacemos nuestra la oración del mismo Para Francisco.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya. (EG 288)