Homilía en la Fiesta de Nuestra Señora de la Calle 2026

Homilía en la Fiesta de Nuestra Señora de la Calle 2026

Compartimos la homilía de Mons. Mikel Garciandía Goñi, obispo de Palencia, en la Fiesta de Nuestra Señora de la Calle, patrona de la ciudad de Palencia… en la Eucaristía celebrada en la Catedral de Palencia el 2 de febrero de 2026 

 

¿Para quién eres?

 

Estimadas autoridades, señora alcaldesa, señora presidenta de la diputación, delegado de la junta, subdelegado del gobierno, autoridades académicas, militares, judiciales.

Amigos de la cofradía de la Virgen de la Calle, miembros de la vida consagrada en vuestro día, diáconos y sacerdotes, hermanas y hermanos muy amados en el Señor.

Por las inclemencias del tiempo, hemos hecho hoy la procesión de las candelas por el interior de nuestra hermosa catedral. Hemos dicho en la oración de bendición: «dígnate santificar con tu bendición estos cirios; acepta los deseos de tu pueblo que, llevándolos encendidos en las manos, se ha reunido para cantar tus alabanzas, y concédenos caminar en la senda del bien, para que podamos llegar a la luz eterna». Ojalá hoy tomemos el testigo de Simeón y Ana, que vieron cumplida la promesa que Dios les había hecho. Que no morirían antes de ver al Mesías en el templo, en un niño recién nacido.

Israel maduraba y envejecía en una espera de dos mil años, y el designio se cumplió cuando llegó la plenitud del tiempo. También nosotros gemimos y nos consumimos a la espera de una salvación que tan a menudo consideramos y sentimos como una quimera, como una ilusión. Pues bien, hoy entra en el santuario el mensajero de la alianza, como un fuego que funde el metal impuro y lo acrisola, como una lejía de lavandero que purifica y renueva. Y esa salvación viene de arriba, pero no de fuera: «de nuestra carne y sangre participó también Jesús».

El nuevo Israel, nosotros, también madura y envejece en la espera de su segunda venida. Y lo hacemos con una certeza mayor que la de Simeón y Ana, porque ellos vieron cumplida su espera: tomaron en brazos al niño. Nosotros, tras el Jubileo, vemos cumplida nuestra esperanza cuando cargamos con el peso vital propio y de los demás. Porque Jesús, «muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos».

Pero ya no somos esclavos, ahora él nos ha llamado amigos. Recojo las palabras del Papa León XIV, en una catequesis sobre el Concilio Vaticano II: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo ignora lo que hace su señor; yo os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre». Este es un punto fundamental de la fe cristiana: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor. Al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, San Agustín insiste en la perspectiva de la gracia, que es la única que puede hacernos amigos de Dios en su Hijo. Efectivamente, un antiguo lema decía: «la amistad o nace entre iguales o los hace tales». Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.

¿Es esto verdad? ¿Nos creemos esto? Si es así, ya no tomaremos los cirios sólo en la fiesta de la Candelas, o en las procesiones de Semana Santa o en la Vigilia Pascual, sino que trataremos de reflejar la única Luz que es genuina, y original: la que sale de la mirada humana y amorosa de este niño que hoy es presentado en el Templo, y que  a los doce años entre los doctores será una mirada de sabiduría, y cuando vuelque el mercado montado dentro del Templo será la mirada del escándalo de todo genuino profeta, que recompondrá en tres días la cueva de bandidos en el único Templo de su Cuerpo y de su Sangre.

Pero la mirada de Cristo que más me impresiona es esta. El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: «el que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva». La mirada de Jesús, que tiene sed de mi sed. En este centenario de San Juan de la Cruz, me vienen al corazón sus palabras, su poesía: «de noche iremos de noche, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra, sólo la sed nos alumbra».

Simeón y Ana tenían sed, y esa sed les procuró el agua viva del Espíritu. “¿Para quién soy yo, y qué hago aquí? Se preguntaban los jóvenes en el Congreso de las Vocaciones del año pasado. Simeón y Ana tenían un propósito. Queridas hermanas y hermanos de la vida consagrada. El sábado nos preguntábamos con el lema de vuestro día: ¿para quién eres? Y nos hacíamos otras tres preguntas que os traslado a todos hoy.

1. Vida cristiana, ¿a quién llamas? No somos para nosotros. Somos para aquellos a quienes llamamos a través de nuestro amor evangélico; o mejor, para aquellos a los que el Señor llama, también a través de nosotros, a vivir a fondo la fe y la entrega de la vida. Si reflejamos la luz del rostro de Jesús, muchos se plantearán la vida de otra manera.

2. Vida cristiana, ¿a quién buscas? La vida es de Dios y para Dios, a quien cada persona busca. Es para el único, para el Padre, para el Señor. No hay nada más importante que aquello -aquel- que cada persona busca. Vivir en tensión permanente el buscar a Dios es no solo la fuente de la que brota la consagración de la vida, sino también la tarea fundamental de nuestro quehacer cotidiano. En el Señor fijamos los ojos, pues es luz y cayado para discernir los pasos del proceso sinodal en el que la participación en la Iglesia particular y universal se hace imprescindible.

3. Vida cristiana, ¿a quién sirves? El Señor no quiere estar solo; quiere a su lado a los hombres y mujeres que han conocido su amor y saben que se puede vivir de él y de su Palabra en toda circunstancia, también -quizá especialmente- en las más aciagas y las más adversas. Una pobreza que es puerta abierta de esperanza a la austeridad liberadora y a la generosidad que brota de la gratuidad. Una pobreza que se hace puente de esperanza desde quienes, se saben vulnerables, necesitados de amor, sanación y liberación hacia los que sufren la fragilidad, como nos muestra Dios encarnado, pobre y humilde.

Cuando no hay preguntas, no caben respuestas, cuando nos acorazamos, languidecemos. Pero cuando salimos a la espera del Señor, siempre se presenta. Que nuestra ciudad de Palencia se alegre de contar con la custodia de la Virgen, recordatorio permanente con su «haced lo que Él os diga». Nuestra Señora de la Calle, ruega por nosotros.