Material para el Animador de la Palabra.
Celebración de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.
1. AMBIENTACIÓN
Podemos colocar un cartel con una de estas frases: “Yo soy la Resurrección y la Vida” o, “Si amas, tendrás la Vida para siempre”.
2. RITOS INICIALES
Monición de entrada. La conmemoración de los fieles difuntos ya es conocida en el siglo IX en la Iglesia, en continuidad con la costumbre monástica, que data de dos siglos antes, de consagrar un día a la oración por los difuntos. Pero ya en el siglo I Amalario, ponía esta conmemoración, como lógicamente sucesiva a la de los santos que ya estaban en el cielo, aunque ignoraba la fiesta del 1 de noviembre.
La fecha del 2 de noviembre la fijó en el calendario el abad San Odilón de Cluny.
No fue hasta el siglo XX que el papa Benedicto XV la extendió a la Iglesia universal, en consideración a los muertos de la primera guerra mundial, dotándola de un prefacio propio tomado del misal parisiense, y elevándolo a fiesta de primera clase, pero sin precedencia al domingo.
Sin embargo, a partir de 1969 fue establecida la precedencia al domingo en clave de plegaria que incluye la fe en la comunión de los santos con textos reformados, en sentido explícitamente pascual. ¡Cristo ha resucitado! Esta afirmación expresa lo esencial de la fe cristiana. Pues, en cierto sentido, la resurrección de Jesús es la única verdad cristiana: “Si tus labios confiesan que Jesús es señor, si tu corazón cree que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.
Celebremos con fe y esperanza cristiana este encuentro en memoria de nuestro hermanos y hermanas difuntos.
Canto
Saludo. Hermanas y hermanos, alabemos juntos a nuestro Dios y Padre que resucitó a Jesús y nos ha regalado la vida para siempre.
Acto penitencial
Porque no amamos como Tú nos amas, Señor, ten piedad.
Porque eres un experto en humanidad, Cristo, ten piedad
Porque seguimos más nuestros intereses que tus consejos, Señor, ten piedad.
Gloria
Oración. Dios de misericordia, cada día se eleva desde la tierra una oración por aquellos que han desaparecido en el misterio: es la oración de tu Iglesia que pide: reposo para el que expía, luz para el que espera, paz para quien anhela tu amor infinito. Descansen en paz: en la paz del puerto, en la paz de la meta, en tu paz, Señor. Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, que vive resucitado junto a ti, en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
3. LITURGIA DE LA PALABRA
Monición a las lecturas. No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro, los amigos de Job intentan consolarlo pero no aciertan con las palabras. Job sí que intuye quien le ayudará de una manera eficaz y para siempre, él ha comprendido que Dios es su redentor.
Por medio del bautismo y participando del misterio pascual de Cristo es como acogemos y llegamos a comprender esta gracia y, así, comprendemos que la esperanza frente a enigma de la muerte no es vana.
El núcleo del Evangelio que escucharemos es: la voluntad de Dios, (querer lo que Dios hace y hacer lo que Dios quiere) eso es para lo que ha venido Jesús al mundo, esa es su misión primordial. Y esa voluntad es un designio de vida y de salvación ofrecido a los hombres y las mujeres de todas las generaciones.
Lecturas. Se toman del Vol. IV, tres lecturas, de las misas de difuntos. Proponemos estas, pero la elección es libre: Job 19,23-27a. Salmo 23. Romanos 5,5-11. Juan 6,37-40
Comentario homilético. Hoy es domingo, muchas veces he comentado por este medio que, en muy pocas ocasiones una fiesta tiene precedencia sobre el domingo; pues hoy es una de esas veces, teniendo en cuenta, por lo demás, que no se trata de una fiesta, sino de una conmemoración. El motivo principal es este: CRISTO HA RESUCITADO. Y esta afirmación expresa lo esencial de la fe cristina y nos permite, nos impulsa a celebrar esta conmemoración de todos los fieles difuntos, en clave de otra verdad: La comunión de los santos.
Porque, en cierto sentido, (como ya hemos oído en la monición de entrada), la resurrección de Jesús es la única verdad cristiana: “Si tus labios confiesan que Jesús es Señor, si tu corazón cree Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás”.
Pero este acontecimiento único no adquiere su dimensión total más que en nuestra resurrección. Recordemos las palabras de Pablo a los fieles de Corinto: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo a resucitado” Cristo es primicia. La primera espiga de la cosecha ya se ha recogido y se ha consagrado a Dios. A continuación, será toda la mies. La vida en Cristo ya ha comenzado. Nosotros los cristianos no creemos en reencarnaciones. La resurrección en la que Cristo nos introduce desde nuestro bautismo no es la supervivencia de lo que hay en nosotros de espiritual y que se libraría de la disolución de la materia, sino que es una re-creación en la gloria, en el esplendor de la misericordia del Creador.
Son estas verdades que expresamos en nuestras fórmulas de fe, así, el credo nos habla de la resurrección de los muertos, y el símbolo de los apóstoles nos invita a creer en la resurrección de la carne. Sin intentar representarnos en la imaginación esta resurrección y dejándole toda su novedad radical “He aquí que hago el universo nuevo”, podemos precisar porque la esperanza cristiana se refiere a la resurrección de la carne.
Acordémonos de lo que escuchábamos en la primera lectura: Dice Job “Yo sé que mi defensor está vivo y que al final, se alzará sobre el polvo; y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos no los de un extraño”.
Nuestra corporeidad, nuestra realidad física, esa imagen que recordamos de nuestros seres queridos, esa persona que soy y que fueron ellos, ese nudo de relaciones, es ahí donde viene el Espíritu del Señor a habitar, si yo acepto su ofrecimiento y lo acojo, viviré para siempre. Pablo nos recordará: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es un templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios?”
Pero todo lo expuesto aquí, aun siendo una verdad, para mí, indiscutible, no lo es, para una inmensa mayoría que han cortado radicalmente con las prácticas religiosas y, aún más, con la fe. Hoy es una minoría la que persiste en la fe en la resurrección de los muertos. Las causas nos las describe Julián Marías: “Es la idea de que “nada es importante”. Creo que la raíz de esto es la difusión de una idea individual y minoritaria que ha llegado a convertirse en creencia social de muchos: la aniquilación del ser humano cuando muere (después de la muerte la nada). Y, como consecuencia, la eliminación de todo horizonte ulterior. Si el ser humano termina con la muerte, como algún día todo dejará de importar, la deducción vital inevitable es que es cuestión de esperar, y por tanto nada es importante”. (Razón de la filosofía. Madrid, 1993, pp. 207-2O8).
Antes, la religión se encargaba de proporcionar este sentido de la vida a sus fieles, esos “fieles” han desaparecido de los templos, la inmensa mayoría se mueven simplemente en los afanes propios de lo inmediato, sin que en el horizonte de su vida haya ninguna referencia al misterio. El anuncio de la salvación (“Os anuncio una gran alegría. Os ha nacido un salvador”) Para la mayoría de las personas es algo carente de sentido. No necesito ningún salvador -dicen muchos-. Me encuentro perfectamente bien tal como estoy.
Nosotros somos del grupo que busca al Señor en lo profundo de nuestro ser. Como dice un gran pensador “EL hombre supera infinitamente al hombre” y un gran teólogo como, von Baltasar nos dice” El ser humano lleva en su corazón un misterio, que es mayor que él mismo”
Pero quien mejor definió nuestra pertenencia a Dios, nuestro anhelo del encuentro con el Padre, fue sin duda, San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón no descansará hasta lo haga en Ti”.
Resumiendo, tenemos mucho de Dios en nosotros, pero necesitamos estar muy atentos a esta presencia callada suya; cuidarla cada día y, si podemos, también, transmitirla a las nuevas generaciones.
Credo
Oración de los fieles
Oremos por la Iglesia, para que su necesaria organización no frene, sino que potencie la acción del Espíritu a través de ella. Roguemos al Señor
Oremos por todos aquellos que nos fueron tan cercanos y fueron arrancados de nuestro mundo. Roguemos al Señor
Oremos para que toda la amistad que nos regalaron, la paz que sembraron, todos sus esfuerzos y trabajos no se pierdan. Roguemos al Señor.
Oremos para que todos los que estuvimos unidos a ellos mientras vivían en este mundo, nos sintamos más unidos ahora que ya no están con nosotros. Roguemos al Señor
Oremos por los jóvenes, para que recojan la buena experiencia humana de los mayores e impulsen con su propio dinamismo la vida de la sociedad y de la Iglesia, roguemos al Señor.
Oremos por los enfermos e impedidos, por los que se sienten solos o sobrecargados de problemas, para que sientan el amor de cada uno de los miembros de su comunidad. Roguemos al Señor
Oremos unos por otros, para que vivamos la fe con obras, y seamos constructores de puentes que unan a todas las personas. Roguemos al Señor.
4. RITO DE LA COMUNIÓN
Monición. La comunión es un gran signo de fraternidad y de servicio mutuo. Es el pan de vida, el alimento para andar el camino hasta el encuentro con Él
Canto
Introducción al Padre nuestro
Padre santo, te bendecimos con todo nuestro ser.
Y te damos gracias por tu Hijo Jesucristo.
Si tú nos acompañas a lo largo de la vida,
¿cómo vamos a perdernos en la muerte?
Si tu presencia hace pleno nuestro ser,
¿cómo vamos a hundirnos en la nada?
Señor, Dios nuestro,
reconocemos que al final de nuestra vida,
tan difícil de comprender,
atisbamos el fondo de nuestra humanidad.
¿Cómo comprender que este inevitable fin
es el comienzo de otra cosa en la continuidad de la vida?
¿Cómo aceptar que la hora de nuestra muerte
es la hora de un encuentro pleno con el único amor?
Tú solo eres, eres, Señor, la respuesta a esta angustia.
Te damos gracias, Padre,
porque tu Hijo Jesús resucitado da sentido a nuestra vida.
Por eso queremos rezar juntos la oración
de los hijos y los hermanos. Padre nuestro....
Gesto de la paz
Distribución de la comunión.
Canto
Acción de gracias
Felices las personas
que han construido
puentes de esperanza
y de fe en el Dios del amor.
Felices las personas
que han compartido con sencillez
su vida y sus afanes
y han habitado en casas de puertas abiertas.
Felices las personas
que abrieron sendas de una vida nueva
derramando en la de sus hijos
las semillas de la ilusión y la alegría.
5. RITO DE CONCLUSIÓN
Compromiso. No olvidar nunca los valores que nos transmitieron las generaciones pasadas.
Oración después de la comunión: Se toma del misal
Bendición
Monición final. Hermanas y hermanos, vivir ya aquí y ahora como resucitados, es en gran parte, dedicarnos a aliviar el dolor de este mundo. Esta es una espiritualidad mucho más exigente que la observancia de los mandamientos. Nuestra tarea es hacer presente lo transcendente en la vida que, nace y renace cada instante; implantar en nuestro mundo la vida de los resucitados en Dios. Es el mejor regalo que podemos hacer a nuestras hermanas y hermanos que se fueron al misterio. DENCANSEN EN PAZ.
Canto final y despedida