Separación de los perfectos

Separación de los perfectos

Queridos lectores, paz y bien.

El pasado jueves 2 de julio, el Dicasterio para la doctrina de la fe publicó una nota explicativa por la cual hacía pública la excomunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Dicha nota comenzaba así: «Desde la época de San Pablo VI hasta las discusiones más recientes celebradas en este Dicasterio, los múltiples intentos de reintegrar a los miembros del movimiento iniciado por el arzobispo Marcel Lefebvre a la plena comunión con la Iglesia Católica han resultado infructuosos. Esta situación se ha visto agravada por las recientes consagraciones episcopales celebradas sin mandato papal, contra la voluntad del Santo Padre y en abierta violación del derecho canónico. Por consiguiente, este Dicasterio, en el fiel ejercicio de las funciones que le han sido encomendadas, considera necesario señalar que este acto constituyó el crimen de cisma, con consecuencias canónicas para los ministros sagrados y los fieles laicos involucrados. En efecto, como ya se declaró en 1988, “tal desobediencia -que implica un rechazo práctico del Primado Romano- constituye un acto cismático” (cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Ecclesia Dei, 3)».

Para la Iglesia católica, la comunión de sus miembros es un don del Espíritu Santo, quien la asiste para que el deseo de Jesucristo se haga real a lo largo de la historia: «no solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21). El misterio del Dios cristiano consiste en la plena comunión de las tres personas divinas, y ella es el fundamento y la meta de la comunión de la Iglesia. Hombres y mujeres de toda lengua, raza y nación formando la gran familia de los hijos de Dios.

Desgraciadamente, no ha faltado desde los inicios la experiencia traumática de grupos de fieles que rompen esa plena comunión. La causa de fondo es siempre la misma. La Iglesia, que es Madre y Maestra, trata de mantener la unidad en situaciones donde se producen tensiones y diferencias que la terminan rompiendo. Los retos a los que la comunión de los creyentes se enfrenta a lo largo de los siglos lleva a tomar medidas que pueden no ser entendidas por todos. Quienes tienen una tendencia cátara o de perfección, se escandalizan cuando la Madre perdona y recibe en su seno a los que han caído.

Por ejemplo, los donatistas, en el norte de África, en la época de San Agustín, no aceptaban que fueran readmitidos a la Iglesia quienes habían apostatado de su fe en las persecuciones religiosas, por miedo al martirio. La Iglesia católica en cambio, tras una oportuna penitencia, volvía a aceptar a los lapsi (caídos) a su seno. El obispo Donato por su parte, consideraba que en ningún caso se los podía readmitir. Como dice un obispo amigo mío, «prefiero la comunión de los imperfectos, a la separación de los perfectos».

En el caso de los lefebvrianos, su postura es que la Iglesia ha de rechazar totalmente lo que ella considera los errores modernistas. Hacen una lectura extrema de la tradición, y desde ella, piensan que las novedades que aporta la modernidad son todas ellas heréticas, nocivas. Consideran que algunas afirmaciones y actitudes del Concilio Vaticano II son heréticas. En concreto, la libertad de conciencia y el diálogo ecuménico e interreligioso. Abogan por una Iglesia pura, incontaminada de los aires de los nuevos tiempos, y no entienden que haya que mantener vías de diálogo con el error.

También los cátaros del siglo XII abogaban por una limpieza extrema ante una Iglesia que consideraban se había vendido a los poderes del mundo. Es una línea muy delgada la que hay entre el amor por la verdad y la absoluta intransigencia ante lo que uno considera como error. Para los católicos, la unidad es un bien que hay que suplicar constantemente a Dios, porque la realidad es siempre paradójica. Los creyentes, como dice Garrigou Lagrange, «somos intransigentes en los principios, porque creemos en la verdad, y transigentes en las acciones, porque creemos en el amor. Los paganos en cambio, son transigentes en los principios, porque no creen en la verdad, e intransigentes en las acciones, porque no creen en el amor”.

Los cátaros son intransigentes en los principios, porque creen en la verdad, e intransigentes en las acciones, porque no creen en el amor». Es la tristeza de ver que personas de fe son incapaces de anudar correctamente la verdad y el amor. La soberbia de los perfectos, una vez más, ha herido a la Iglesia. Oremos por ellos, oremos por todos. Buen domingo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia